Sistema de Información de la Arquidiócesis de Guadalajara

Reseñas biográficas

SAN CRISTÓBAL MAGALLANES JARA, PBRO. MÁRTIRSan Cristobal 1

 

Nació en Totatiche, Jal. el 30 de julio de 1869
Murió en Colotlán, Jal. el 25 de mayo de 1927
Sus restos se encuentran en Totatiche, Jal.

Piadoso y servicial, el Beato Cristóbal Magallanes Jara llevó una vida tranquila, con satisfacciones al poder estar al frente de la población de Totatiche, su lugar de origen; sin embargo sus mismos fieles y los de la región, lo llevaron a ser perseguido por el ejército federal durante la guerra de los Cristeros.

 

Nació el 30 de julio de 1869 en el rancho La Sementera, correspondiente al municipio de Totatiche; luego de haber desempeñado oficios sencillos durante los primeros 19 años de su vida, se matriculó en el Seminario Conciliar de Guadalajara en octubre de 1888 y sus ilusiones de pastor se vieron coronadas al ser designado a la Parroquia de su pueblo natal.

 

Estando ahí, sin embargo, con la suspensión del culto público decretada por los Obispos el 1º de agosto de 1926, los católicos del lugar y de la región, apoyados por la Unión Popular, asociación de activistas unidos a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, se organizaron para restaurar los derechos que consideraban conculcados.

 

El señor Cura Magallanes, eminentemente pacifista, reprobó que recurrieran a las armas y publicó un artículo en su periódico en el que desechó la violencia: “La religión ni se propagó, ni se ha de conservar por medio de las armas. Ni Jesucristo, ni los Apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con ese fin. Las armas de la Iglesia son el convencimiento y la persuasión por medio de la palabra”, pronunció.

 

Estos hechos afectaron su ánimo y esto quedó plasmado por escrito. En una carta consignó que durante los últimos cuatro meses de su vida fue perseguido por cerros y barrancas: “Dios les perdone tanta infamia y nos vuelva la deseada paz, para que todos los mexicanos nos veamos como hermanos”, escribió.

 

La mañana del 21 de mayo de 1927 fue aprehendido por un grupo de soldados del ejército federal, capitaneados por el General Francisco Goñi. Compartió la prisión con su ministro, el joven Presbítero Agustín Caloca y ambos quedaron a disposición del jefe de operaciones militares de Zacatecas, el general poblano Anacleto López.

 

El general Goñi acusó al párroco de sostener la rebelión contra el Gobierno en esa comarca y pese a que demostró lo contrario, le imputaron otro delito: “No habrán tenido parte alguna en el movimiento cristero, pero basta que sean sacerdotes para hacerlos responsables de la rebelión”, se dictaminó.

 

La mañana del 25 de mayo fueron conducidos a la casa municipal de Colotlán Jalisco para ser ejecutados. El señor Cura Magallanes se hincó para recibir del Padre Caloca la absolución sacramental, y él, a su vez, la recibió luego de su párroco. Ante sus verdugos, el Padre Cristóbal dijo en voz alta: “Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte y pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos. Viendo a su ministro acosado por la aflicción, le dijo: Padre, sólo un momento y estaremos en el Cielo. Fueron sus últimas palabras.

En vida, el Señor Cura de Totatiche se distinguió por su piedad, honradez y aplicación. Desapegado de los bienes materiales, procuró mejorar el nivel de vida de sus paisanos. Entre muchas y notorias obras, legó a la comarca la introducción de la agricultura de riego gracias a la construcción de la presa La Candelaria; para incrementar el patrimonio material de las familias, tuvo la iniciativa de fraccionar algunos predios o solares en las goteras de Totatiche, que fueron distribuidos entre las familias insolventes.

 

Predicó entre los indios huicholes en varias misiones populares, uno de cuyos frutos fue la creación de la colonia Asqueltán. Fundó un hospicio para huérfanos, un asilo para ancianos y dotó de capillas los ranchos de su jurisdicción.

 

En materia educativa, estableció varios colegios y escuelas de primeras letras. En 1916 fundó el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, de la que alcanzó a ver dos frutos óptimos: su compañero de martirio Agustín Caloca y su sucesor en la parroquia, el siervo de Dios José Pilar Quezada Valdés.

 

Cristóbal Magallanes encabezó la causa de canonización de un grupo de sacerdotes y laicos martirizados durante la persecución religiosa en México, fue beatificado por su Santidad Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992.

 

Sus reliquias se veneran con particular devoción en el templo parroquial de Totatiche.

 

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SAN AGUSTÍN CALOCA

Nació en El Teúl, Zac. el 05 de mayo de 1898Agustin1
Murió en Colotlán, Jal. el 25 de mayo de 1927
Sus restos se encuentran en El Teúl, Zac.

Un día soleado del mes de mayo de 1927 llegó hasta el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe la noticia de que soldados de la federación se encontraban casi a la entrada de Totatiche.

El Padre Agustín Caloca, prefecto del Seminario, dio la orden de que los alumnos abandonaran rápidamente el plantel y se dispersaran para pasar como vecinos ordinarios del pueblo. Él se quedó al último para evitar hasta donde fuera posible la apariencia de una casa de estudio para seminaristas.

Esto relató el Presbítero Rafael Haro Llamas, testigo de la captura del Beato Caloca: “Me dijo a mí que lo esperara, que en seguida saldríamos él y yo; me correspondía acompañarlo, tanto en mi calidad de seminarista, alumno entonces del cuarto año, como por estar hospedado en su casa y todavía más, en mi calidad de coterráneo”.

Cuando salieron del lugar el tema de conversación dejó sentir una fuerza volcánica contenida en el pecho del padre:
– Jesús, víctima inocente, quiere víctimas voluntarias para que se dé gloria a Dios y se pague por tantos sacrilegios y tanta maldad.
Su voz clara, precisa y serena me infundió seguridad y confianza, tanto que por un momento olvidé mi condición de fugitivo.
– Ojalá nos aceptara a nosotros. -continuó el padre-.
Yo no supe qué decirle; me reconocí pequeño y miserable para volar tan alto. El padre advirtió mis titubeos y quiso mostrarse comprensivo al agregar:
– Es natural que se sienta miedo, pero si Jesús sufrió angustia, tristeza y pavor en el Huerto, sabe infundir ciertamente alegría y valor para morir por Él.

“El padre se dio cuenta del miedo que seguramente se traducía en mis monosílabos, en mi semblante desencajado, en la carrera precipitada entre el pedregal del camino, a pesar de la carga me dijo “No te preocupes, a ti no te pasará nada”.

“Recuerdo aquella tranquilizadora afirmación del Padre y pienso que la protección que me alcanzó de Dios tuvo un valor casi milagroso. ¿Por qué si íbamos los dos por el mismo camino, la tropa de soldados sólo lo vio a él?”.

Camino al rancho de Santa María, aprovechando una pendiente, el Beato Agustín Caloca envío al joven Haro a buscar una piedra grande para esconder los libros y sobre ello el Presbítero relata:
“En esos momentos se empezaron a oír gritos dispersos allá abajo, en el valle, y entre los árboles se veía la federación que pasaba en precipitada carrera persiguiendo a los soldados de Cristo Rey. En el instinto de ocultarme busqué el tronco de una pobre encina, raquítica y chaparra, mientras pasaron los soldados; luego subí de prisa para reunirme con el padre, pero al subir no vi ya a nadie; el camino había quedado solo; busqué para un lado y para otro en ansiedad y amargura, llamé, recorrí todas las cercanías del sitio pero no encontré al padre”.

Aprehendido por órdenes del general de brigada Francisco Goñi, en calidad de prisionero fue trasladado a Totatiche, donde no tardó en ser acompañado por su párroco, don Cristóbal Magallanes. Por su juventud se ofreció al Padre Caloca dejarlo en libertad, pero declinó la propuesta a menos que también liberaran al señor Cura Magallanes.

Ante la inminencia de la muerte sólo pudo expresar: “Nosotros, por Dios vivimos y por Él morimos”.

El calvario del Padre Caloca se prolongó después de estas palabras, pues al contemplar apuntando hacia él las bocas de los rifles, sus nervios destrozados lo hicieron dar unos pasos al frente, intentando escapar. El jefe del pelotón le salió al encuentro, golpeándole el rostro con una pistola.

Consumada la ejecución, los cadáveres fueron inhumados en el Panteón de Guadalupe en esa población. Cuando fueron exhumados, en agosto de 1933, el corazón se encontró incorrupto.

Sus restos descansan en la Parroquia de San Juan Bautista de El Teúl, donde reciben particulares muestras de respeto y veneración.

El Beato Agustín Caloca nació en El Teúl, Zacatecas, el 5 de mayo de 1898; inició sus estudios clericales en el Seminario de Guadalajara, pero este plantel fue cerrado con motivo del anticlericalismo de los jefes carrancistas. Reinició sus estudios en el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, del que fue alumno fundador a invitación del párroco de Totatiche, Cristóbal Magallanes.

La conducta del Padre Caloca era intachable, sana y alegre; humilde en su modo de ser y de obrar, piadoso y devoto.

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SAN JOSÉ MARÍA ROBLES HURTADO, PBRO.

Jose Maria 1 Nació en Mascota, Jal. 03 de mayo de 1888.

Murió en Quila, Jal. el 25 de junio de 1927.

Sus restos se encuentran en la capilla de la casa de formación

de las Hnas.  del Corazón de Jesús Sacramentado, en Guadalajara.

Un deseo vehemente por divulgar el amor de Dios a los hombres lo llevó a cultivar una espiritualidad centrada en el Sagrado Corazón de Jesús.

Luego de haber sido ordenado presbítero en 1913, fundó en Nochistlán el Instituto de Religiosas Víctimas del Corazón Eucarístico de Jesús (hoy Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado).

Ante la suspensión del culto público, consagró su parroquia al Corazón de Jesús, colocando, como signo visible, una cruz en el promontorio conocido como La Loma. Los agentes gobernistas consideraron ese acto como un desafío y le tendieron un cerco.

A partir del 2 de enero de 1927 el padre Robles se ocultó en el domicilio particular de la familia Agraz. Desde su refugio, se mantenía al tanto de la salud espiritual de sus feligreses y oraba intensamente por la paz en México.

En la madrugada del 25 de junio de 1927, cuando se disponía a celebrar la Misa, fue aprehendido por un nutrido contingente de soldados y se les ordenó que procedieran con todo rigor en contra del cura rebelde.

En cuanto los vecinos se enteraron del arresto de su párroco, agotaron las instancias legales para garantizarle la vida, sin resultados favorables. Por la noche, algunas damas intentaron hablar con él, pero tan sólo consiguieron que uno de los vigilantes les entregara el Breviario del Párroco, donde descubrieron este texto suyo, anticipo de su martirio:

La justicia federal le concedió un amparo dentro de la jurisdicción de Tecolotlán, por lo que se decidió quitarle la vida en los linderos de la municipalidad vecina y durante la media noche, atado de manos, fue obligado a recorrer el camino de la sierra. Cuando llegaron a las inmediaciones del poblado de Quila y los agraristas se disponían a ejecutarlo, el Padre Robles pidió unos minutos y arrodillado hizo una última oración; al incorporarse bendijo su parroquia y en voz alta perdonó y bendijo a sus verdugos. A fin de evitar que se mancharan las manos con su muerte, él mismo tomó la soga, la bendijo, la besó y se la echó al cuello.

Actualmente las reliquias de este apóstol del Sagrado Corazón de Jesús, se veneran en el noviciado de las Hermanas del Corazón de Jesús Sacramentado en la ciudad de Guadalajara.

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SAN DAVID GALVÁN BERMÚDEZ, PBRO. MÁRTIR

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Nació en Guadalajara, Jal. el 29 de enero de 1881

Murió en Guadalajara, Jal. el 30 de enero de 1915

Sus restos se encuentran en el Templo de Nuestra Sra. del Rosario, Guadalajara, Jal.

Aunque durante el inicio de sus estudios clericales su conducta fue deficiente, al grado de considerársele disipado y pendenciero, el Beato David Galván Bermúdez logró una conversión definitiva y fue ejemplo de muchas virtudes.

Nació en Guadalajara el 29 de enero de 1881; hijo de José Trinidad Galván y de Mariana Bermúdez, quien murió cuando su hijo tenía tres años de edad.

Su familia era muy pobre, por lo que ayudó a su padre en un modesto taller de zapatería. En 1895 ingresó al Seminario de Señor San José, mismo que abandonó después de cinco años. Durante el tiempo que estuvo fuera, su estilo de vida descendía más y más, y al darse cuenta de ello, a los 21 años de edad pidió ser readmitido en el Seminario.

El prefecto general Miguel de la Mora lo sometió durante un año a pruebas rigurosas. Poco a poco el cambio fue evidente, ya no era agreste y altanero, por el contrario edificaba su aprecio y dedicación a la oración mental y su constancia en soportar la adversidad. Las aficiones mundanas que antes le seducían, dejaron de dominarlo.

Finalmente logró su ordenación como presbítero a los 28 años de edad, el 20 de mayo de 1909; poco después se le confirmó como superior del mismo Seminario.

Su gran caridad para con los pobres y los trabajadores le hizo organizar y ayudar al gremio de zapateros.

Su labor en el Seminario, sin embargo, se vio interrumpida luego de que el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, disolvió el Seminario a raíz de la detención de 120 clérigos.

Defensor de la santidad del matrimonio, ayudó a una jovencita que era perseguida por el militar Enrique Vera, negándole que contrajera nupcias porque ya estaba casado. Esto acarreó al padre Galván la enemistad del teniente, quien se convirtió en su verdugo.

Cuando el P. Galván fue nombrado Vicario de Amatitán, fue aprehendido por órdenes del capitán Enrique Vera, antiguo condiscípulo suyo, personaje de escasa moralidad y profundos resentimientos contra el sacerdote por el impedimento de matrimonio. El arresto carecía de sustento, razón por la cual el padre David recuperó su libertad.

El sábado 30 de enero de 1915, se registraron en la ciudad violentos enfrentamientos entre huestes villistas y carrancistas; los presbíteros David Galván y José María Araiza, se dispusieron a auxiliar a los moribundos y heridos. Cuando cruzaban el jardín botánico, frente al viejo Hospital de San Miguel, fueron interceptados por Enrique Vera, quien ordenó su arresto inmediato.

Los carrancistas del 37 Regimiento ligero de línea pusieron a los sacerdotes a disposición de las autoridades militares; las legislaciones de Vera arrancaron, sin juicio previo, la pena de muerte. No obstante, un oportuno indulto salvó la vida del P. Araiza; no corrió con la misma suerte su compañero, remitido a la calle Coronel Calderón, junto a la barda del Cementerio de Belén.

Frente al pelotón de fusilamiento y sin perder la entereza, la víctima distribuyó los objetos de valor que portaba. No quiso que le vendaran los ojos y frente a los encargados de ejecutarlo, se señaló serenamente el pecho para recibir las balas; sus últimas palabras fueron para sus verdugos: “Les perdono lo que ahora van a hacer conmigo”.

En junio de 1922, los restos del Mártir David Galván fueron depositados en un templo en construcción, próximo al lugar del martirio, la actual Parroquia de Nuestra Señora del Rosario.

 

S David GTumba de San David

 

SAN JUSTINO ORONA MADRIGAL, PBRO. MÁRTIR

Nació en Atoyac, Jalisco, el 14 de abril de 1877.

Fue fusilado el 1° de julio de 1928, en Las Cruces, Cuquio, Jalisco.San Justino

Sus restos se veneran el templo de San Felipe Apóstol en Cuquío, Jalisco.

Justino se mantuvo firme en su decisión de ingresar al Seminario, sus padres trataban de disuadirlo, ya que por la pobreza en que se encontraban necesitaban que inmediatamente Justino empezara a trabajar. El joven insistió aduciendo como única razón: “Quiero ser sacerdote”.

A pesar de las contradicciones y problemas económicos, el joven Justino ingresó al Seminario de Guadalajara en octubre de 1894. Sufrió muchas carencias, por la pobreza de su familia. Carecía de libros de texto y muchas asignaturas las siguió, escuchando a sus compañeros de clase. Recibió la ordenación sacerdotal el 7 de agosto de 1904.

Siempre amable y bueno con todos sus feligreses. Su celo apostólico brilló con los niños, esforzándose por darles instrucción religiosa y ayudando a elevar el nivel educativo de las escuelas cristianas, como el mejor medio de regenerar los pueblos y hacer frente a la imposición de la enseñanza laica, que los enemigos de la Iglesia tenían como baluarte de descristianización.

En Cuquío ayudó con caridad y fervor, a las aspirantes a la vida religiosa a fundar una nueva congregación que llevaría el nombre de “Clarisas del Sagrado Corazón. Tendría en esas reli­giosas una ayuda para la aten­ción de niñas huérfanas y pobres. Para beneficio de esa comu­nidad terminó la adaptación de la casa religiosa.

En 1928 se encontraba en Cuquío, al mando de tropas gubernamentales, el Teniente Coronel Heredia y entre sus oficiales un capitán de apellido Vega, de filiación absolutamente anticlerical.

El sábado 30 de junio de 1928, llegó el Sr. Cura para celebrar Misa, a la casa de Don Ponciano Jiménez, en el rancho “Las Cruces”, lo acompañaba Toribio Ayala; allá llegó José María Orona, herma­no del Sr. Cura. El 29 por la tarde llegó el P. Atilano Cruz y estuvo platicando con su Párroco sobre asuntos de su labor pastoral. Cenaron juntos y rezaron el rosario, devoción muy querida de ellos.

 Cerca de las dos de la mañana, del 1º de julio de 1928, llegaron los verdugos a la casa de Ponciano Jiménez, donde se ocultaban ambos clérigos. Los soldados golpearon con rudeza la puerta de la casa. Al abrir la puerta el Sr.Cura, y reconocer a los soldados, exclamó con voz potente y serena: ¡Viva Cristo Rey! En respuesta a la proclama de su fe, el Sr. Cura recibió varios balazos que le dispararon.

El Sr. Cura Orona cayó muerto en el umbral de la puerta. Luego se precipitaron los verdugos dentro de la habitación y dispararon sobre el P. Atilano Cruz y Don José María Orona.

 

Reliquia San JustinoReliquia San Justino2Monumentos Santos Justino y Atilano

 

SAN ATILANO CRUZ ALVARADO, PBRO.

Nació en la aldea Ahuetita Abajo, eSan Atilano Cruzn Teocaltiche, Jalisco, el 5 de octubre de 1901.

Murió acribillado a balazos el 1° de Julio de 1928, en Las Cruces, Jal.

Sus restos se veneran en el templo de San Felipe, en Cuquío, Jal.

Fue hijo de José Isabel Cruz y de Máxima Alvarado, quienes lo educaron con empeño y buenos ejemplos de vida cristiana, a pesar de la pobreza material en que vivían. Recibió la formación escolar en el colegio “Los Dolores”, estudió tres años en el pequeño Seminario que estableció, en 1917, el párroco de Teocaltiche, y en 1920, pasó a la ciudad de Guadalajara para estudiar en el Seminario fugitivo, que debido a las dificultades y peligros se movía de un lugar a otro, entre casas particulares y anexos de los templos se daba acogida a los alumnos. Atilano obtuvo en todos sus cursos, excelentes calificaciones en disciplina y estudios.

El gobierno expulsó por la fuerza a los seminaristas de sus domicilios y clausuró sus locales . La vida se hizo imposible para los seminaristas y sacerdotes quienes tuvieron que huir a las barrancas. El grupo de 4º. de Teología, en el que iban Atilano y su maestro, el padre Narciso Aviña R., se estableció en Ocotengo, Jal., lugar escondido en las faldas del Cerro Alto.

No obstante la terrible persecución contra la Iglesia y sus sacerdotes, Atilano Cruz pidió ser ordenado sacerdote, consciente del grave peligro de muerte al que se expone.

En una barranca, bajo la hermosa bóveda celeste, entre las peñas y la exuberante vegetación, por ministerio del señor arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, el 17 de julio de 1927, Atilano Cruz fue ordenado diácono y el 24 del mismo mes, a la edad de 25 años, fue ordenado sacerdote. El 6 de agosto, celebró su Primera Misa entre sus familiares y después fue a presentarse en la parroquia de Cuquío para sustituir al padre Toribio Romo (ahora Santo Toribio, mártir) que había sido trasladado a la parroquia de Tequila. Once meses ejerció su ministerio el padre Atilano, en medio de sacrificios, privaciones y peligros, sin quejarse.

El padre Justino Orona, se encontraba en el rancho de Las Cruces y lo mandó llamar para tomar acuerdos sobre el trabajo pastoral. Atilano acudió al llamado. Durante la tarde tuvieron una fraternal convivencia de oración, alimentos y diálogo pastoral; rezaron el rosario y después de platicar largamente se acostaron a dormir.

Un espía los denunció a sus perseguidores y éstos aprovecharon la noche para atacarlos mientras dormían. El presidente municipal de Cuquío, el señor José Ayala, y el capitán Vega planearon el asalto. Mandaron 40 soldados federales que llegaron directamente a la casa donde estaban los dos sacerdotes y el señor José María Orona, hermano del Sr. cura Justino Orona. Los soldados sitiaron el lugar y golpearon la puerta con los rifles; al oír los fuertes golpes, el padre Justino abrió la puerta al tiempo en que gritaba: “¡Viva Cristo Rey!”; y fue acribillado; el padre Atilano se arrodilló en la cama para encomendar su alma. Entraron los  soldados al dormitorio y le dispararon, lo mismo hicieron con el señor José María Orona. El P. Atilano tenía 27 años de edad y sólo uno de sacerdote.

 

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SAN ROMÁN ADAME ROSALES, PBRO. 

 Nació en Teocaltiche, Jal., el 27 de febrero de 1859San Roman 1

Fue fusilado en Yahualica, Jal., el 21 de abril de 1927

Sus restos se veneran en la Parroquia de San Francisco de Nochistlán, Zac.

Quienes lo conocieron, lo recuerdan fervoroso. Atendía con prontitud y de buena manera a los enfermos y moribundos, predicaba con el ejemplo y con la palabra. Vivía pobre y ayudaba a los pobres. Su vida y su conducta fueron intachables y la obediencia a sus superiores constante.

En agosto de 1926, cuando arreció la persecución religiosa, el anciano párroco de Nochistlán decidió quedarse en su parroquia, ejerciendo su ministerio en domicilios particulares y no pasó un año cuando tuvo que abandonar su domicilio, siendo desde entonces su vida, un constante andar de un lado a otro.

La víspera de su captura, el 18 de abril de 1927, comía en la ranchería Veladores; una de las comensales, María Guadalupe Barrón, exclamó: ¡Ojalá no vayan a dar con nosotros! Sin titubeos, el párroco dijo: ¡Qué dicha sería ser mártir!, ¡dar mi sangre por la parroquia!

Un vecino de Veladores, Tiburcio Angulo, denunció la presencia del párroco en aquel lugar. El coronel dispuso de inmediato una tropa con 300 militares para capturar al indefenso clérigo. Después de la media noche del 19 de abril, fue detenido y sin más, descalzo y en ropa interior, a sus casi setenta años, maniatado, fue forzado a recorrer al paso de las cabalgaduras la distancia que separaba Veladores de Yahualica.

El P. Adame estuvo preso, sin comer ni beber, sesenta horas. Durante el día era atado a una columna de los portales de la plaza, con un soldado de guardia y durante la noche era recluido en el cuartel; conforme pasaban las horas, su salud se deterioraba.

A petición del párroco, Francisco González, Jesús Aguirre, y Francisco González Gallo, gestionaron su libertad ante el coronel Quiñones, quien, luego de escucharlos, les dijo: Tengo órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero si me dan seis mil pesos en oro, a éste le perdono la vida.

Con el dinero en sus manos, el coronel quiso fusilar a quienes aportaron la cantidad, pero intervinieron Felipe y Gregorio González Gallo, para garantizar que el pueblo no sufriera represalias.

La noche del 21 de abril un piquete de soldados condujo al reo del cuartel al cementerio municipal. Muchas personas siguieron al grupo llorando y exigiendo la libertad del eclesiástico. Junto a una fosa recién excavada, el sacerdote rechazó que le vendaran los ojos, sólo pidió que no le dispararan en el rostro; sin embargo antes de fusilarlo uno de los soldados, Antonio Carrillo Torres, se negó repetidas veces a obedecer la orden de preparen armas, por lo que se le despojó de su uniforme militar y fue colocado junto al señor cura. Se dio la orden ¡apunten!, enseguida la voz ¡fuego!; el impacto de las balas derrumbó al P. Adame y, acto continuo, a Antonio Carrillo.

 

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SAN JULIO ÁLVAREZ MENDOZA, PBRO.

San Julio Nació en Guadalajara, Jal., el 20 de diciembre de 1866.

Fue fusilado el 30 de marzo de 1927

Sus restos mortales se encuentran en la Parroquia El Divino Salvador de Mechoacanejo, Jal.

Desde su llegada a Mechoacanejo se distinguió por su celo pastoral, manifestado principalmente por la atención a la catequesis de niños y jóvenes, sin descuidar por ello  a las demás personas. Infundió a todos los feligreses un gran amor a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen María. Atendía a todos los ranchos por lejanos y difíciles que fueran, sin importar las condiciones del tiempo.

Celebraba con profundo amor a Dios la Santa Misa, solemnizaba los misterios del Señor: Fiesta de Corpus Christi, la Navidad, La Última Cena. Cuidaba con mucha delicadeza el templo, lo mantenía con decoro y limpieza.

El P. Álvarez fue un hombre cariñoso, amable, bondadoso, caritativo, comunicativo y sencillo. Cuando debía reprender alguna falta de sus feligreses, lo hacía con prontitud y firmeza; pero siempre de la mejor manera, evitando herir a las personas y hasta disculpándose al final.

Enseñó a sus feligreses el oficio de sastrería y él mismo hizo ropa que después repartió entre los pobres. También les enseñó a elaborar dulces, para que tuvieran otro trabajo que les ayudara en su economía familiar.

Ya desde 1915 había comenzado la persecución religiosa en México;  persecución legalizada en la Constitución de 1917, cuya paulatina aplicación llevaría al desenlace violento de 1926. Tal situación obligó al Episcopado a decretar la suspensión de culto público en todas las iglesias del país, ya que era imposible seguirlo ejerciendo en condiciones tan hostiles creadas por el Gobierno contra la Iglesia.

El P. Álvarez celebraba y administraba los sacramentos ocultamente en los ranchos. Fue aprehendido cuando se dirigía al rancho El Salitre el 26 de marzo de 1927. El jefe de los soldados le preguntó al padre si era sacerdote, y él no lo negó; lo arrestaron de inmediato junto con sus acompañantes.

 Allí comenzó su calvario. Primero los llevaron a Villa Hidalgo, luego a Aguascalientes; posteriormente a León, donde el general decidió enviarlos a San Julián, Jal. Los condujeron atados, privándolos de alimento. Al P. Julio, en especial, la tropa lo insultaba con odio; no le permitían que se sentara; o estaba de pie o de rodillas. Llegaron a San Julián llevando al P. Julio caminando, atado a la silla de un caballo.

El 30 de marzo de 1927 fue conducido al lugar de la ejecución. Serían como las 5:15 a.m. El padre preguntó: “¿Me van a matar?”. “Esa es la orden que tengo”, respondió el militar. “Voy a morir inocente, dijo, porque no he hecho ningún mal. Mi delito es ser ministro de Dios. Yo les perdono a ustedes. Sólo les ruego que no maten a los muchachos porque son inocentes, nada deben”. Cruzó entonces los brazos y los soldados recibieron la orden del fusilamiento. Su cuerpo quedó tirado sobre un basurero cercano a la iglesia parroquial.

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SAN PEDRO ESQUEDA RAMÍREZ, PBRO.

 En San Juan de los Lagos, Jal., el 29 de abril de 1887, nació Pedro. 1

Sacrificado el 22 de noviembre de 1927.

Sus restos mortales se veneran en la Parroquia de San Juan de los Lagos.

Fue matriculado en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. En 1908, pasó a estudiar al Seminario Diocesano de Guadalajara. Ahí cursó el tercer año de Filosofía y los cursos de Teología. Recibió la ordenación sacerdotal el 19 de noviembre de 1916.

Organizó una asociación llamada “Cruzada Eucarística”, para impulsar a los niños en el amor y devoción a Jesús Sacramentado. Amó entrañablemente a la Santísima Virgen María.

En 1926, se recrudeció en México la persecu­ción contra la Iglesia. Las fuerzas del Gobierno desplegaron una tenaz persecución contra los sacer­dotes de todo el país. El Arzobispo de Guadalajara aprobó que los sacerdotes que gustaran se escondie­ran, aun dejando sus puestos. En la ciudad de San Juan de los Lagos, el párroco y los sacerdotes se ocultaron en diversos lugares. El padre Esqueda, también escondiéndose, quedó al frente de la parroquia por encargo del señor Cura.

En los primeros días de noviembre de 1927, se refugió en Jalostotitlán, Jal. Se ocultó en la casa de la familia Macías, donde, anteriormente, había estado por algún tiempo. Las dos hermanas de sacerdote, Valeria y María del Refugio, le indicaron que era peligroso volver a una casa donde había estado antes; que ahí lo buscarían nuevamente, y le suplicaban saliera de la ciudad, a lo que contestó: “Dios me trajo, Dios sabrá”. Ahí se quedó.

El 17 de noviembre, entrada la noche, invitó a toda la familia a participar en una meditación. Fue una reflexión de preparación a la muerte. Al terminar, agrade­ció, muy atentamente, la hospitalidad que le habían prestado.

Al día siguiente, 18 de noviembre, celebró la Santa Misa con mucho fervor. Después de las últimas oraciones, tomó un crucifijo y lo besó con mucha devoción, y después del desayuno entonó unos cánti­cos a media voz, al Sagrado Corazón de Jesús, con su semblante muy alegre. A media mañana los soldados entraron a la casa, aprehendieron al sacerdote, lo golpearon e insultaron.

El sacerdote fue llevado a la abadía, que servía de cuartel de los soldados. Allí, el padre fue azotado y torturado. Estuvo en ese lugar hasta el 22 de noviembre. Luego, lo sacaron a golpes, causándole la fractura del brazo derecho. Se lo llevaron al pueblo de Teocaltitán, Jal., lo hicieron caminar descalzo entre espinas. Quisieron hacerlo subir a un árbol que tenía mucho rastrojo, pero no pudo por el brazo fracturado. Enojado, el militar sacó su pistola y disparó tres veces. Nacía un mártir de Cristo para la Iglesia.

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San Rodrigo ASAN RODRIGO AGUILAR ALEMÁN, PBRO.

 

Nació el 13 de marzo de 1875 en Sayula, Jal.

Fue ahorcado en un árbol, en Ejutla, Jalisco, el 28 de octubre de 1927.

Se le venera en el templo Ntra. Sra. del Rosario en Unión de Tula, Jalisco.

Desde joven, Rodrigo mostró estar dotado de buenas cualidades literarias. Sus escritos eran publicados en los periódicos de Ciudad Guzmán y tenían como temas principales, sobre todo, argumentos religiosos como el Santísimo Sacramento, la Santísima Virgen, la cultura cristiana, el sacerdocio, y acontecimientos de la parroquia.

Fue ordenado presbítero el 4 de enero de 1905. Desempeñó diferentes ministerios en diferentes parroquias, siendo la última la de Ejutla, Jal.

Aquellos fueron años de persecución a la Iglesia. El 27 de octubre de 1927, una columna de 600 soldados federales callistas al mando del general Juan B. Izaguirre y otra partida de agraristas al mando de Donato Aréchiga, invadieron el pueblo de Ejutla como a las once de la mañana y lo saquearon.

Un grupo de soldados avanzó directamente al convento de las adoratrices. El señor cura Rodrigo estaba en el convento, con unos seminaristas ya que José Garibay presentaba examen de latín y él era uno de los sinodales.

Los soldados entraron al convento, Rodrigo Ramos quiso ayudar al padre Aguilar, y tomándolo por un brazo, puesto que se encontraba enfermo de los pies, lo hizo llegar al potrero, pero los soldados los cercaron y el padre le dijo a su ayudante: “Se me llegó mi hora, usted váyase”.

Los soldados, con lenguaje grosero, preguntaron quién era, a lo que contestó: “Soy sacerdote”. Lo injuriaron y lo aprehendieron, juntamente con el seminarista Garibay y algunas religiosas que también huían. El padre Aguilar iba a ser conducido a distinto lugar que los demás prisioneros, por lo que con toda calma se despidió de las religio­sas diciéndoles: “Nos veremos en el cielo”.

Poco después de la una de la madrugada del 28 de octubre de 1927, fue llevado a la plaza central de Ejutla para ser ahorcado. Los soldados hicieron alto al pie de un grueso y alto árbol de mango. Amarraron una soga sobre una de las ramas. El padre Rodrigo tomó en su mano la soga con que lo iban a colgar, la bendijo, per­donó a todos y regaló su rosario a uno de los que lo iban a ejecutar. Los soldados le pusieron la soga al cuello y uno de ellos, para poner a prueba su fortaleza, le dijo altaneramente: “¿Quién vive?”. Le había dicho que no lo colgarían si gritaba: “¡Viva el Supremo Gobierno!”.  “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, contestó con voz firme el mártir. La soga fue tirada y quedó suspendido en el aire; se le bajó y de nuevo se le volvió a preguntar: “¿Quién vive?”, “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, respondió por segunda vez sin titubear; se le subió y bajó de nuevo. “¿Quién vive?”, se le gritó de nuevo, con soez provocación. “¡Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, dijo arrastrando la lengua, agonizante. Lo levantaron con rabia, lo dejaron caer y, en ese momento expiró.

 

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SAN DAVID ROLDÁN LARA, LAICO

Nació en Chalchihuites, Zac., el 2 de marzo de 1902.David Roldan 1

Fue fusilado el 15 de agosto de 1926 en Puerto Santa Teresa, Chalchihuites.

Se venera en la parroquia de su pueblo natal.

Don Pedro murió pronto, quedando su esposa con la responsabilidad total de la crianza de los hijos. Fue una mujer enérgica, con una sola mirada ponía en orden a los hijos. Al mismo tiempo, una mujer de profundas convicciones religiosas y de una fe firme por lo cual formó a sus hijos en una sólida vida cristiana. David, a quien cariñosamente su familia llama Vito fue un apoyo para su madre y hermanos. Obediente y cariñoso con ella y esforzado por el bien material de su familia.

David se relacionó mucho con sus primos Salvador y Carlos, pues, no solamente se encontraban en las convivencias familiares sino que estaban en el mismo colegio, La Divina Providencia.

En los años veinte, la mina El Conjuro, de Chalchihuites, seguía produciendo importantes cantidades de plomo y plata, los cuales, ya fundidos, se embarcaban en la estación ferroviaria de Canutillo. Ese mineral lo administraba don Gustavo Windell, de nacionalidad alemana. Don Gustavo conoció a David Roldán y a sus primos Salvador y Carlos, y los contrató para trabajar en la administración de la mina. David fue oficial mayor.

David pensó en el matrimonio. No le fue ajena la presencia de la cuñada de don Gustavo Windel.  Don Gustavo valoró las cualidades de David viendo que era un muchacho serio, de buenas costumbres, respetado en el pueblo y honorable. No le molestó que mantuviera una relación de noviazgo con su cuñada.

Compartía con su párroco, el Sr. Cura Batiz, los afanes del apostolado de la Acción Católica de la Juventud Mexicana, las angustias de la situación que vivía la Iglesia y los deseos de ser fieles a Cristo hasta el martirio.

Unido por los mismos ideales de su amigo Manuel Morales y de su primo Salvador Lara, fue hecho prisionero. A unos cuantos metros de donde fue sacrificado el Sr. Cura Luis Batiz y Manuel se fijó el lugar de la ejecución. Sin amedrentarse, recorrió sereno en la tierra los últimos pasos que le separaban del cielo y fue fusilado junto a su primo Salvador.

Aquel 15 de agosto de 1926, el sol en el cénit, la vida en plenitud y el amor supremo a Cristo se unieron en el martirio de David. Tenía veinticuatro años de edad.

 

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SAN DAVID URIBE VELASCO, PBRO.

San David U - 1Nació en Buenavista de Cuéllar, Gro., el 29 de diciembre de 1889.

Fue acribillado el 12 de abril de 1927, en San José Vidal, Morelos.

En el templo parroquial de Buena Vista, Gro., se veneran sus restos.

Ingresó al seminario de Chilpa. Recibió la ordenación sacerdotal el 2 de marzo de 1913. Su obispo lo destinó a Tabasco. Por la persecución que se desató en Tabasco contra la Iglesia en el año de 1914, y las severas amenazas, el señor obispo D. Antonio Hernández Rodríguez  y el P. Uribe, para no abandonar a los feligreses, buscaron la forma de ocultarse, pero el gobierno ofrecía recompensa a quien los delatara  y tuvieron que huir a Veracruz.

En Veracruz, el señor Obispo envió al P. Uribe al obispado de Chilapa. El padre, ayudado por unos arrieros llegó a casa de su familia; su madre, no lo reconoció por lo demacrado que estaba, allí, con los cuidados de su familia se recuperó  y fue enviado a la parroquia de Ziríndaro, donde permaneció un año.

Por los continuos levantamientos de los zapatistas se fue a Chilapa, permaneciendo solamente cinco meses, en los cuales ayudó en la catedral y en el seminario. Luego lo nombraron párroco de su tierra natal, y se ganó la estimación de sus paisanos por  toda la labor pastoral que hizo en la región. Permaneció en esa parroquia desde 1917 hasta 1922.

Después estuvo en la parroquia de Iguala, Guerrero, por tres años, apoyando al que fuera su obispo en Tabasco. A la muerte del Sr. Obispo, fue nombrado párroco de Iguala. En 1926, cuando se cerraron los templos de toda la República Mexicana, y el gobierno prohibió el culto religioso, el padre Uribe tuvo que dejar la parroquia, se fue por un tiempo a su tierra y luego a la Ciudad de México porque seguían persiguiéndolo.

El 12 de marzo de 1927 salió para Iguala, pero no pudo llegar a esa ciudad por la estrecha vigilancia que lo seguía y se retiró a Buenavista, donde su familia le insistía que permaneciera, se quedó hasta el 7 de abril y, acompañado de su amigo José García, abordó el tren de pasajeros, en carro de segunda, rumbo a Iguala.

El general Adrián Castrejón vio que el P. Uribe subió al tren y mandó a su asistente que invitara al padre a pasar al carro de primera y sentarse a su lado. El sacerdote atendió al llamado y el Gral. Castrejón empezó a tratarle el tema de la persecución religiosa, y a ofrecerle que nada le pasaría si aceptaba las leyes anticatólicas del Gobierno, hasta le prometió que harían obispado en Iguala de la nueva iglesia nacional, apoyada por el gobierno, y él sería el obispo. Ante tales proposiciones el padre Uribe rechazó enérgicamente esta osadía y dijo al general: “¿No sería usted un infame si traicionara a su bandera? Pues yo sería más infame si traicionara a mi santa religión”. No aceptó la propuesta del general. Al llegar a Iguala lo detuvieron los militares.

Fueron inútiles todos los esfuerzos que hicieron los vecinos de Iguala por liberar al padre David. Lo trasladaron en tren hacia Morelos; al llegar a Cuernavaca, el oficial ordenó al sacerdote que se bajara; el padre Uribe preguntó a los soldados: “¿Me van a fusilar?”. Por respuesta lo subieron a un auto y se lo llevaron a la jefatura.

En la noche del 11 de abril, incomunicado y arrojado en una cárcel inmunda, el padre se encontraba haciendo oración cuando le avisaron que al día siguiente tendría que morir. Él tomó un papel y escribió: “Declaro ante Dios que soy inocente de los delitos de que se me acusa. Estoy en las manos de Dios y de la Santísima Virgen de Guadalupe. Decid a mis superiores esto, y que pidan a Dios por mi alma. Me despido de mi familia, amigos y feligreses de Iguala, y les mando mi bendición… Perdono a todos mis enemigos y pido a Dios perdón y a quien yo haya ofendido.”

Al día siguiente, 12 de abril de 1927, a las tres de la madrugada llegó la escolta  militar a la cárcel, lo sacaron de su celda y lo llevaron por la carretera en un auto hasta el kilómetro 168. Apenas hubo pisado tierra, se puso de rodillas y desde lo más profundo de su alma imploró de Dios el perdón de sus pecados y la salvación de México y de su Iglesia. Se levantó tranquilo y dirigiéndose a los soldados con paternal acento, les dijo: “Hermanos, hínquense que les voy a dar la bendición. De corazón les perdono y sólo les suplico que pidan a Dios por mi alma. Yo, en cambio, no los olvidaré delante de Él”.

Levantó firme su diestra y trazó en el aire el signo luminoso de la Cruz; después repartió entre los mismos su reloj, su rosario, un crucifijo y otros objetos. El oficial que mandaba el  pelotón de los soldados desenfundó su revólver y le disparó a bocajarro. Murió al instante. Era Martes Santo. Esto sucedió cerca de la estación del tren de San José Vidal en Morelos.

 

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SAN JENARO SÁNCHEZ DELGADILLO

Nació el 19 de septiembre de 1886 en Agualele, Zapopan, Jal. San Jenaro 1

Fue ahorcado en Tecolotlán, Jal., el 17 de enero de 1927.

En la Parroquia de Cocula, Jal., son venerados sus restos mortales.

 

Estudió en Guadalajara y trabajó la fragua en el Taller de Artes y Oficios, con el fin de ayudar en el sostenimiento de su familia.

Re­cibió la ordenación sacer­dotal el 20 de agosto de 1911. Ejerció su ministerio sacerdotal en varias parroquias, siendo su último destino la Ca­pellanía de Tamazulita, Jal., de la pa­rroquia de Tecolotlán.

El P. Jenaro era serio y muy recto en el trato con los demás. Vestía limpio y con elegancia, aunque con pobreza. Moderado en la comida y bebida. No tenía miedo a nada ni a nadie, y siempre procuró corregir lo malhecho.

Alimentaba su fe y su celo sacerdotal con frecuentes y piadosas visitas al Santísimo Sacramento y con su devoción a la Santísima Virgen María. Se preparaba devotamente para la celebra­ción de la Eucaristía, y al terminarla, daba gracias. Era devoto de las Ánimas del Purgatorio.

Ejerció su ministerio con mucho celo apostólico y con buena organización. Siempre fue dócil y obediente a sus párrocos. Su predica­ción era elocuente y conmovedora. Era asiduo en el confesionario, desprendido de las cosas materiales, y compasivo con los necesitados; atendía a todos pero especialmente a los enfer­mos.

Cuando se suspendió el culto público ejerció su ministerio sacerdotal a escondidas, en casas particulares y en las afueras del poblado. Guardaba el Santísimo Sacra­mento en una casa y él estaba cuidándolo de cerca. En varias ocasiones comentó con algunos feligreses: “En esta persecución van a morir muchos sacerdotes y tal  vez yo sea uno de los primeros”.

Vivió en el rancho “La Cañada”, en casa de la familia Castillo. El 17 de enero de 1927, el P. Jenaro andaba en el campo tendiendo lazos a los venados con un grupo de vecinos. Por la tarde, al regresar al rancho, el sacerdote y sus acompañantes se dieron cuenta que andaban soldados buscándolos. Los compañeros le insistían para que se escapara, y pudo haberlo hecho, pero no trató de huir. Les dijo: “Vamos bajando todos. Si no me conocen, ya me salvé; si me conocen, me ahorcarán sin remedio, pero a ustedes nada les pasará, fuera del susto. Yo tengo esa confianza en Dios”.

Al llegar al rancho, todos fueron tomados presos. Al P. Sánchez lo ataron junto con Agustín Chavarín, espalda con espalda y así se los llevaron a Tecolotlán. El capitán Arnulfo mandó soltar a todos, menos al sacerdote.

El mismo día de su aprehensión, como a las once o doce de la noche, llevaron al padre a las orillas de Tecolotlán, a un cerrito que se llama “La Loma”, donde había un mezquite. Los soldados le pusieron una soga al cuello para colgarlo del árbol. El P. Sánchez dijo en voz alta: “Bueno, paisanos, me van a colgar; yo les perdono y que mi Padre Dios también les perdone, y siempre que viva Cristo Rey”. Los soldados jalaron la reata con violencia de manera que la cabeza del sacerdote pegó violentamente en la rama del mezquite donde habían colgado la soga. Luego se fueron.

Antes de que amaneciera volvieron los soldados, le dieron un balazo en el hombro izquierdo, lo ba­jaron, y ya estando en el suelo el cadáver, un sol­dado le dio un ballonetazo que casi lo traspasó. El cuerpo del sacerdote quedó allí tirado toda la mañana. Al pasar por el lugar, unas personas reconocieron el cadáver y dieron aviso a Doña Julia, la mamá del padre, quien, llegando, abrazó el cadáver de su hijo y lloró amargamente. Los habitantes del lugar consi­guieron el permiso del jefe militar por medio del Presidente Munici­pal, Amado Lepe, para llevarse el cadáver a Tecolotlán.

 

San Jenaro 3San Jenaro 2

SAN LUIS BATIZ SAINZ, PBRO.

San Luis BatisNació en San Miguel del Mezquital, hoy Miguel Auza, Zac., el 13 de septiembre de 1870.

Fue fusilado el 15 de agosto de 196, en Puerto Santa Teresa, Chalchihuotes, Zac.

Sus restos mortales se veneran en la Parroquia de San Pedro en Chalchihuites.

En el año de 1882, ingresó al seminario diocesano y siempre se distinguió por su piedad. Fue ordenado sacerdote el 1º enero de 1894, en la ciudad de Durango. En octubre de 1902, fue nombrado párroco de Canatlán, Durango, donde desempeñó, generosamente, durante 20 años su servicio pastoral.

Fue un sacerdote lleno de amor a Jesucristo en la Eucaristía y con suma reverencia celebraba la Santa Misa e impulsaba a los fieles a la vida cristiana de fe y oración. Se dedicó con gran celo pastoral a atender  a los habitantes de los pueblos encomen­dados. Su predilección eran los niños, los enfermos, los pobres y los moribundos. Ante la suma indigencia de muchos campesinos y obreros se preocupó de su salud y para ello abrió un hospital para pobres.

Su última parroquia fue la de Chalchihuites, Zac. Era esa una zona profundamente católica. Llegó a Chalchihuites con la conciencia clara, de que allí podía encontrar su calva­rio, como lo fue. En una reunión de obreros les dijo: “Yo tengo muchos deseos de ser mártir; de morir por Cristo”. Lo mismo les dijo a los jóvenes de la ACJM (Asociación Mexicana de Jóvenes Católicos): “Quiero morir por Cristo”.

El 30 de julio de 1926, fue el último día de culto público antes de cerrarse los templos. El párroco Batiz les dijo públicamente a sus fieles que el autor de las desdichas al clausurarse el culto no era el gobierno, ni el presidente Calles, sino los pecados de todos, y por lo mismo no debían los católicos levantarse en armas, ya que eso no era conducta cristiana.

El presidente municipal, Donaciano Pérez, y su secretario, el telegrafista J. Refugio García, juzgaron que el párroco convocaba juntas para levantarse en armas contra el gobierno. Lo denunciaron con cartas y tele­gramas al general Eulogio Ortiz y a las autoridades superiores del estado, a la ciudad de Zacatecas. Inventaron la noticia de que el 15 de agosto los conspiradores se levantarían en armas. El comandante de la zona militar envió entonces a Chalchihuites una compañía de soldados federales bajo el mando del teniente Blas Maldonado, del sexto batallón que llegaron en dos automóviles en la noche del 14 de agosto de 1926.

Detuvieron al señor cura en la casa donde se había acogido. “Has estado diciendo misa, bautizando y casando ocultamente atropellando las leyes del general Calles”, le dije­ron los soldados al detenerle mientras lo golpeaban y lo llevaron a la oficina de la recaudación de rentas.

Enseguida, la gente se movilizó para salvar la vida de su pastor. En la mañana del 15 de agosto se reunieron los dirigentes de las asociaciones parroquiales en la Boti­ca Guadalupana del señor Tomás Pérez y Pérez. Allí irrumpió la tropa federal y tomó presos a los jóvenes Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldan Lara, del grupo de Acción Católica, que morirán también como mártires con su párroco.

Los soldados subieron en dos carros a los cuatro presos: el señor cura y a los laicos Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldan Lara. Se llevaron a los cuatro detenidos por el camino hasta el puerto de Santa Teresa. Allí los bajaron y les dijeron: “Si ustedes reconocen las leyes de Calles, nada les pasará”. Contestaron los cuatro: “Primero morir”.  El señor cura les dijo: “Lo único que les ruego es que perdonen la vida a Manuel Morales en aten­ción a los tres niños pequeños que tiene de familia. Yo ofrezco mi vida por él. Seré una víctima, estoy dispuesto a serlo”.

El Sr. Cura vio que los soldados se cerraban a toda compasión humana. Por ello se despidió de Manuel diciéndole: “Hasta el cielo”. Manuel dijo; “Dios velará por mis hijos”. Enseguida los soldados los mataron a balazos. Era el 15 de agosto de 1926, como a las dos de la tarde, día de la Asunción de la Virgen María.

 

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SAN MARGARITO FLORES GARCÍA, PBRO.

Originario de Taxco, Gro., nació el 22 de febrero del 1899.San Margarito2

Murió fusilado el 12 de noviembre de 1927, en Tulimán, Gro.

Sus restos se veneran en el Templo del Sr. de Ojeda en Taxco, Guerrero.

 

Estudió la primaria y, dada la precaria situación económica de su familia, trabajó de muy chico, tenía unos doce años. Se desempeñó como peluquero y como empleado en una tienda de abarrotes, donde enfermó gravemente por el trabajo excesivo.

Cuando sanó, volvió a trabajar en varios oficios, e incluso, cuando ingresó en el seminario de  Chilapa, siguió trabajando para pagarse sus estudios. Tenía 15 años. Fue uno de los estudiantes más  brillantes de su promoción. Y así, entre trabajos, penalidades y apuros, llegó al sacerdocio.

Fue ordenado sacerdote el 5 de abril de 1924 en la capilla del seminario de Chilapa. El 20 de abril celebró su primera misa en la misma parroquia donde había recibido el bautismo, Santa Frisca y San Sebastián, de Taxco, Gro.

Lo nombraron vicario de la parroquia de Chilpancingo. Uno de sus grandes anhelos fue la fundación de escuelas católicas para la niñez, y con la colaboración de maestros que habían sido sus discípulos, estableció en Chichihualco el Colegio Nicolás Bravo. En la vida parroquial tuvo un acento especial en poner en el centro de la vida de sus cristianos el amor al Corazón de Jesús.

Se le conoció como un sacerdote amable, sencillo, serio, ateto con todos, siempre dispuesto a servir. Pobre y sacrificado al máximo.

Todo su ardor a la fe católica lo demostraba en su ardiente dedicación al apostolado, en el combate de las sectas que entonces comenzaban a propagarse, y en la defensa de la fe tan perseguida por el gobierno de entonces.

De Chilpancingo fue mandado a Tecalpulco. Siendo perseguido se fue a su pueblo y se hospedó con su familia. Poco después, con precaución, hizo un viaje a la ciudad de México. Ya en la capital, se entregó con afán a colaborar en la solución del conflicto religioso.

En cuanto supo el P. Margarito de la muerte heroica del Sr. Cura David Uribe, exclamó: «Me hierve el alma, yo también me voy a dar la vida por Cristo; voy a pedir permiso al Superior y también voy a emprender el vuelo al martirio».

En octubre de 1927, llegó a Chilapa. Poco después sus superiores le pidieron que se hiciera cargo de la parroquia de Atenango del Río.

Se dirigió a su nuevo destino y, a su paso por Tulimán se hospedó con una familia originaria de Chilapa. En el pueblo se encontró con el comisario municipal que lo trató bien, y hasta le dio un guía para que lo acompañara. Prosiguió su camino y lo detuvieron junto con el joven que lo acompañaba. Lo llevaron atado, caminando descalzo toda la noche hasta Tulimán, ante el general Manzo.

En Tulimán detuvieron al comisario quien confesó la inocencia del guía. El comisario quedó formalmente arrestado por haber ayudado al sacerdote.

El 12 de noviembre de 1927, el capitán ordenó a un teniente que, a las once en punto le diera el gusto de oír la descarga de la ejecución. El teniente fue al lugar en donde se encontraba el padre para conducirlo al sitio señalado para fusilarlo. A su paso, en el trayecto de un corredor, estaba el comisario. El padre le dijo: “Usted va a morir dentro de unas horas; lo espero ante la presencia de Dios”.

Antes de morir, el P. Flores pidió le permitieran unos momentos para elevar sus últimas plegarias a Dios. Le fueron concedidas. Uno de los soldados se acercó a él y le dijo que si lo perdonaba, a lo que el padre contestó profundamente conmovido: “No solamente te perdono, también te bendigo”. Acto seguido, la descarga acabó con la vida del mártir.

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SAN MIGUEL DE LA MORA, PBRO.

San Miguel De la MoraNació en Tecalitlán, Jal., el 19 de junio de 1878

Fue fusilado el 7 de agosto de 1927, en Colima, Col.

Sus restos se encuentran en la catedral de Colima, donde son venerados.

Vivió en el seno de una familia campesina, numerosa y profundamente cristiana. Pasó su niñez en el rancho del Rincón del Tigre, en donde se aficionó a la tierra, a sus frutos, al ganado, y llegó a ser un buen jinete. Como su padre murió, su hermano Regino lo llevó a vivir con él a Colima. Miguel comunicó a su hermano su deseo de ser sacerdote, éste lo inscribió en el seminario y lo apoyó en todo momento. Miguel fue ordenado sacerdote en 1906.

El P. De la Mora desarrolló su ministerio sacerdotal en algunas poblaciones, principalmente en la catedral de Colima.

Colima fue una de las regiones de profunda convicción cristera, verdadero dolor de cabeza para el Gobierno del Estado y el de la federación que golpeaban sin parar a la Iglesia e intentaban por todos los medios amordazar las libertades civiles y religiosas. Se distinguía en ello su gobernador, Francisco Solórzano Béjar. La Iglesia, su clero y sus fieles no se quedaron callados. El gobernador quiso poner en práctica, con todos los medios que la violencia le sugería, las nuevas leyes antirreligiosas del callismo.

El gobierno de Colima no reconocía la autoridad de los Obispos, ni la del Papa. De nada valieron las protestas del obispo Mons. Amador Velasco. El gobernador firmó una ley, el 24 de marzo de 1926, determinando los delitos en materia religiosa y estableciendo las penas a los infractores. Entre otras cosas estableció en 20 el número de sacerdotes permitidos en todo el Estado, orden que no fue aceptada por la Iglesia. El Gobierno nunca logró apresar al Obispo, que no abandonó su territorio, sino que vivió arropado por su mismo pueblo.

Ante estas situaciones, el Obispo de Colima ordenó en abril la suspensión pública de cultos, como lo haría tres meses después todo el episcopado mexicano. Como consecuencia, el Obispo y todos los sacerdotes fueron procesados sin excepción. Algunos fueron desterrados y otros se ocultaron. El gobernador no sólo pretendía aplicar las disposiciones de aquellas leyes claramente injustas contra todo derecho natural, sino también las sanciones correspondientes para quienes no las cumpliesen.

El P. Miguel se escondió para seguir ejerciendo su ministerio en la clandestinidad. Se negó a salir de la ciudad hacia su pueblo natal donde hubiese encontrado refugio seguro. Un día fue reconocido por su vecino de casa, el general Flores, que lo detuvo. Le ordenó que abriera el culto en la catedral adhiriéndose a una iglesia cismática promovida por el gobierno. Pero el sacerdote se mantuvo siempre fiel a su Obispo y al Papa. El general Flores con otros militares lo hacía traer a su presencia y se mofaba de él y de otro sacerdote que habían apresado, el padre Carrillo.

Ante tanta presión, el P. Miguel decidió escapar, salió de Colima en la madrugada del 7 de agosto de 1927, en compañía de su hermano Regino y del P. Sandoval. Iría al Rincón del Tigre en el auto de un amigo. El vehículo se quedó en La Estancia, en donde los esperaban unos mozos con caballos para continuar su viaje hasta llegar a Cardona, allí desayunaron. En Cardona alguien lo reconoció como sacerdote y esto bastó para que un agrarista lo detuviese, y así, presos, los llevaron a Colima para entregarlos a los federales.

Los agraristas no supieron que su acompañante, el padre Sandoval, era sacerdote también. Por esa razón se desentendieron de él y pudo huir. Tampoco detuvieron a los mozos, pero sí a Regino. Los agraristas los llevaron al cuartel de Cardona, ahí, el general Flores, ordenó el fusilamiento de los dos hermanos.

Los soldados le ordenaron que caminara hacia la caballeriza del cuartel, entonces el padre sacó su rosario y se puso a rezar. Le ordenaron se recargará a la pared y, acto seguido, le dispararon. El capitán de la escolta dio el tiro de gracia.

Regino, el hermano del padre, se defendió alegando que él no tenía ningún delito y no era sacerdote. Lo tuvieron preso por unos días, sólo después que pagó una multa lo dejaron libre. El general Flores se presentó en la casa de la hermana del Mártir y le dijo: “Acabo de fusilar a su hermano, mande a recoger su cuerpo”, y sin más entró en la habitación del Mártir para saquearla.

Enseguida corrió la noticia y la gente corrió a recoger el cuerpo para velarlo. El general y sus soldados no les dejaron. En un carro fúnebre fue llevado al panteón, en donde parece que algunos familiares pudieron obtener el cuerpo y sepultarlo de prisa. Aquél 7 de agosto de 1927, quedaba escrito en la historia de los Mártires el nombre de aquel sencillo, humilde, caritativo, servicial  y fiel sacerdote, Miguel de la Mora y de la Mora.

 

Catedral de Colimamiguel_mora2Reliquias Santos MartiresSan Miguel De la Mora - altar y urna

 

SAN MATEO CORREA MAGALLANES, PBRO.

Originario de Tepechitlán, Zac., nació el 22 de julio de 1866.San Mateo Correa M

Fue matado a balazos el 6 de febrero de 1927, en Durango, Dgo.

Son venerados sus restos mortales en la Catedrald e Durango.

Mateo estudió en el Seminario de Zacatecas. Como era un estudiante ejemplar y aplicado, recibió una beca. Fue ordenado sacerdote el 20 de agosto de 1893, y cantó su primera misa en Fresnillo, Zac.

Mateo Correa ejerció su ministerio en Zacatecas y Jalisco, y fue conocido como cura de los pobres, de los niños y de los jóvenes, además, cumplió fielmente con las obligaciones de su sacerdocio: evangelizar y servir a los más pobres, obedecer a su obispo, unirse a Cristo sacerdote y víctima, especialmente al convertirse en mártir a causa del sello sacramental.

En febrero de 1926, fue destinado a Valparaíso, Zac., lugar en donde tuvo que soportar la persecución encarnizada y constante de los federales, capitaneados por el general Eulogio Ortiz, quien odiaba a muerte a los sacerdotes.

El 2 de marzo de ese año, llegó a Valparaíso, el general Ortiz; inmediatamente  supo que los jóvenes de la Acción Católica daban a conocer el manifiesto del comité central que expresaba el sentir de los católicos ante las leyes injustas de la Constitución, y juntaban firmas para pedir al Congreso de la Unión se derogaran tales leyes. Metió en la cárcel a los jóvenes acejotaemeros y lleno de ira mandó traer a los sacerdotes del lugar, padre J. Rodolfo Arroyo y al párroco recién llegado, Mateo Correa. “Labor de paz es cuanto se hace”, contestó el P. Mateo. El general les mostró el manifiesto y la lista de firmas y les dijo: “¿Ésta es labor de paz?” El padre Arroyo dijo entonces que el Sr. Cura no sabía nada del manifiesto, porque acababa de llegar. El general contestó  que se los iba a llevar presos a Zacatecas.

Al ver que el pueblo estaba exaltado, el general Ortiz y los quince soldados que con él habían llegado al pueblo, se fueron de Valparaíso, pero dejó al presidente la orden  de que remitiera a Zacatecas a los dos sacerdotes y a los jóvenes acejotaemeros.

A pesar de las amenazas de muerte, el Sr. Cura Correa no quiso dejar solos a sus feligreses. A invitación del Sr. José María Miranda, pasó unos días en la hacienda de San José de Yanetes, a fines de diciembre de 1926. Estando allí, atendía las necesidades de los cristianos.

El 30 de enero de 1927, Eleuterio García, del rancho Las Mangas, cercano a la hacienda de Sauceda, fue a pedir al Sr. Cura que atendiera a su señora madre que estaba gravemente enferma. Pronto se fue a atenderla, acompañado de José María Miranda. En el camino los detuvieron y los llevaron a la prisión de Fresnillo. En la cárcel los presos se burlaban del Sr. Cura y lo injuriaban, él pacientemente sufría los ultrajes.

 día 5, después de la cena, el general Ortiz  mandó que le llevaran al P. Correa, y le pidió que confesara a unos cristeros que tenía detenidos y que estaban condenados a muerte, que después vería que hacía con él. El  P. Mateo los confesó y preparó a bien morir. Cuando acabó de confesar el general dijo al padre: “Ahora usted va a decirme lo que esos bandidos le han dicho en confesión”. “¡Jamás lo haré!”, fue la respuesta. “¿Cómo que jamás?”, le replicó el general, y le gritó: “¡Voy a mandar que lo fusilen inmediatamente!”. “Puede hacerlo, -dijo el señor cura-; pero no ignora usted general, que un sacerdote debe guardar el secreto de la confesión. Estoy dispuesto a morir”.

Fue fusilado en el campo, a las afueras de la ciudad de Durango, el 6 de febrero de 1927.

 

San Mateo Correa Magallanes y compañeros seminaristasSan Mateo Correa -Seminario de Zacatecas
San Mateo Correa - mayorSan Mateo Correa, busto en TepechitlánSan Mateo Correa, escultura

 

SAN JESÚS MÉNDEZ MONTOYA, PBRO. MÁRTIR

San Jesus Mendez

Nació en Tarímbaro, Mich., el 10 de junio de 1880.

Fue matado a balazos el 5 de febrero de 1928, en Valtierrilla, Gto.

Para su veneración sus restos mortales se encuentran en el Templo parroquial de Valtierrilla, Guanajuato.

 Hijo de Florentino Méndez y María Cornelia Montoya. Su familia asistía diariamente a misa y rezaban el rosario, eran personas piadosas y, en aquel humilde hogar, se vivían las virtudes. A los catorce años ingresó al seminario; como su familia era pobre le ayudaba con lo que podía para su sostenimiento, y algunos vecinos de su pueblo natal también le ayudaban.

El 3 de junio de 1906 recibió la ordenación sacerdotal. Fue nombrado vicario cooperador de la parroquia de Huetamo, Mich., de 1906 a 1907, en donde sufrió un agotamiento nervioso que alarmó a sus familiares. Pasó a la parroquia de Pedernales, en donde estuvo desempeñando su labor pastoral por 6 años. Nuevamente enfermó y su arzobispo le envió a Valtierrilla, Gto.,  para que se recuperara. En su ministerio sacerdotal fue siempre acompañado por su madre, sus tres hermanas y su hermano.

Fue un sacerdote que supo hacerse todo a todos, no escatimó medios para intensificar la vida cristiana entre sus feligreses. Se sujetó a largas horas de confesionario. Convivía con las familias pobres, era un catequista y guía para los obreros y campesinos; y un asiduo maestro de música que formó un buen coro para las celebraciones.  Promovió obras sociales y fundó una cooperativa de consumo y una caja de ahorro para ayudar a los pobladores de la parroquia.

Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de profunda vida de oración. Tenía un entrañable amor a la Eucaristía que se manifestaba al celebrar la santa misa, en las horas santas que promovía y en su preocupación por inculcar este espíritu en los feligreses.

Durante la persecución religiosa, el padre Méndez siguió ejerciendo su ministerio ocultamente. Algunos en Valtierrilla se sumaron a los cristeros y fijaron como fecha para el levantamiento el 5 de febrero de 1928. Fueron delatados y vendidos por la traición. Los federales del pueblo cercano de Sarabia invadieron el pueblo para sofocar el levantamiento arrasando todo lo que encontraban en pie.

Eran más o menos las cinco de la mañana, de ese 5 de febrero, cuando llegaron de improviso los federales. El P. Méndez estaba terminando de celebrar la misa en una dependencia de la notaría. La acabó de prisa, dio la comunión a su hermana y a una señora.

Quiso huir por una ventana ocultando debajo de una manta la Eucaristía, pero los soldados ya lo tenían acorralado. Entonces tomó el copón con las hostias consagradas y lo escondió bajo su gabán; pero queriendo buscar una mayor seguridad para el Santísimo, se brincó por una ventana de la notaría que daba a la torre del templo. Unos soldados habían subido al campanario para poder ver la dirección que tomaban los cristeros que huían. Inmediatamente que vieron al sacerdote bajaron con rapidez, pensando quizá, sin conocerlo, que sería algún cristero.

Al registrarlo, los soldados encontraron el copón que apretaba contra su pecho y le preguntaron: “¿Es usted cura?”, a lo cual respondió: “Sí, soy cura”. Esto bastó para que lo detuvieran. Él les dijo: “A ustedes no les sirven las hostias consagradas, dénmelas”. Pidió a los soldados unos momentos para hacer oración, se puso de rodillas. Rápidamente consumió algunas hostias consagradas. Luego dijo a los soldados. “Ahora, hagan de mí lo que quieran. Estoy dispuesto”. Los soldados le dijeron: “Deles esa joya a las viejas”. Se referían a Luisa, la hermana del padre, y a la señora María Concepción, que trataban de defender al sacerdote. Les entregó el copón diciéndoles: “Cuídenlo y déjenme. Es la voluntad de Dios”.

Los soldados le llevaron a un callejón aislado del pueblo, y un capitán, apellidado Muñiz, quiso matarlo, pero se le encasquilló la pistola. Ordenó a los soldados que lo fusilasen. Los soldados fingieron cumplir la orden, pero las balas no tocaron al sacerdote. Entonces el capitán despojó de su sotana al padre, le quitó el crucifijo y una medalla; agachándose lanzó varias piedras a algunos curiosos, y luego, empujando al padre hacia unos magueyes le disparó con su pistola. El padre cayó muerto. Eran aproximadamente las siete de la mañana.

 

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SAN JOSÉ ISABEL FLORES VARELA, PBRO.

Nació en San Juan Bautista de El Teúl de González Ortega, Zacatecas, el 20 de noviembre de 1866.Jose Isabel 1

Fue torturado y degollado, el 21 de junio de 1927, en Zapotlanejo Jal.

Se veneran sus restos mortales en el Templo Ntra. Sra. de Guadalupe de Matatlán, Jalisco

 

Fue un sacerdote que brilló por su pobreza y por su mortificación evangélicas. Solía repetir continuamente: “Antes morir que fallarle a Dios”.

Se inscribió en el seminario de Guadalajara, el 14 de febrero de 1887. Durante su permanencia en el seminario sostuvo exámenes públicos, obtuvo varios diplomas y en repetidas ocasiones figuró entre los alumnos más distinguidos con calificaciones casi siempre de sobresaliente.

Fue ordenado sacerdote el 26 de julio de 1896. Cantó su primera misa el 15 de agosto en el pueblo de Atemajac.

Ejerció su ministerio en Teocaltiche, en Zapotlanejo, y, finalmente, en Matatlán en donde estuvo 27 años al frente de la comunidad parroquial.

Se le considera como un hombre de oración, mañanero en la misma, (rezaba las tres partes del rosario todos los días), enamorado de la Eucaristía y del misterio del Corazón de Jesucristo. Toda su vida sacerdotal fue como aquella caridad que se convertía en obras.

Fundó obras educativas, fomentó la catequesis, vivió en medio de su gente en los días aciagos de la persecución. Pobre entre los pobres, murió sin tener nada; dormía sobre unas tablas, sin colchón; usaba ordinariamente el cilicio para hacer penitencia por los pecados propios y ajenos.

El P. José Isabel se donó totalmente a su pueblo especialmente a los más pobres y a los enfermos, a los que visitaba con frecuencia especialmente durante los días de la persecución.

El padre Flores fue traicionado, movido por mezquina recompensa, por un ex seminarista, llama­do Nemesio Bermejo, ‘hombre de mal carácter y peor corazón. Lo delató ante J. Rosario Orozco, presidente municipal de Zapotlanejo y cacique de esa región, quien había sido mayor del ejército carrancista y que odiaba con ardor y saña a la Iglesia y a los sacerdotes.

En la madrugada del 13 de junio de 1927, salió el padre Flores del rancho La Loma de las Flores a celebrar misa, y en un lugar llamado El Cascajo fue de­tenido por una compañía de soldados mandada por José Rosario Orozco. Le quitaron el caballo y lo hicieron caminar hasta el antiguo curato de Zapotlanejo, que había sido convertido en cuartel. Lo encerraron allí en un cuarto malsano, que servía de servicio higiénico, colgándole unas enormes piedras debajo de sus axilas.

También aquí encontramos un buen “Cirineo”, dispuesto a morir por ayudar al sa­cerdote: el día anterior a su muerte el soldado que le custodiaba le bajó de tal tormen­to. Fue amenazado por el oficial de que le colgarían a él, a lo que el soldado respon­dió que estaba dispuesto a ello, “no le hace” le contestó a la manera mexicana. Unas mujeres lograron llegar hasta el mártir que se hallaba sucio, hacía días que colgado no le permitían hacer sus necesidades fisiológicas. Como en la pasión del Señor, ante el llanto de las buenas mujeres, el sacerdote les animó: “De mí no tengan lástima sino de los soldados”. Le llevaban la comunión; lograron dársela y salieron.

Hacia la una de la madrugada del 21 de junio de 1927, tres o cuatro soldados lo llevaron al panteón de Zapotlanejo y pretendieron ahorcarlo. El padre, muy sereno, les dijo a sus verdugos: “Así no me van a matar, hijos; yo les voy a decir cómo; pero antes quie­ro decirles que si alguno recibió de mí algún sacramento, no se manche las manos”.

Uno de los soldados que estaban allí, el que había sido señalado para matarlo, dijo: “Yo no meto las manos; el padre es mi padrino; él me dio el bautismo”. El jefe, muy indignado, dijo: “Te matamos también a ti”; él respondió: “Pues no le hace, yo muero junto con mi padrino”. Lo mataron de un balazo.

Antes de morir, el sacerdote repartió sus pertenencias entre sus verdugos: “A uno le dio la cadena del reloj, a otro el reloj, a otro un Cristo”. Los soldados tiraron de la soga pero no lograban ahorcarlo. Después de tres o cuatro intentos, viendo que al padre no le pasaba nada, lo quisieron también matar a balazos, pero las armas no dispararon. Uno de los soldados, para quedar bien con el cacique, lo degolló con un machete.

Para aquel santo sacerdote, junto con su ahijado, el soldado que prefirió morir a matar al padre Flores, se abrieron las puertas del cielo.

 

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SAN MANUEL MORALES, LAICO, MÁRTIRManuel

 

En el poblado de Mesillas, municipio de Sombrerete, Zac., el 8 de febrero de 1898, nació Manuel.

Fue fusilado en Puerto Santa Teresa, Chalchihuites, Zac., el 16 de agosto de 1926.

En la parroquia de San Pedro, Chalchiuites, Zac. se veneran sus estos junto con los de sus compañeros mártires.

Luego de su nacimiento, sus familiares se remontaron a su rancho de Molina, donde el niño vivió por espacio de diez años, aprendiendo allí las primeras letras. Su manutención corrió por cuenta de sus abuelos y en su crianza, su madre. Ante los demás, el niño se hizo pasar como hijo de quienes en realidad eran sus abuelos, los cuáles  lo registraron como propio.

Su condición de hijo natural no fue obstáculo para que gozara del cariño de sus familiares, amigos y conocidos, tampoco para que le fuera inculcada una sólida formación en los valores humanos y cristianos de su clase.

Tenía Manuel doce años de edad, cuando Matiana, su madre, aceptó la propuesta matrimonial que le hizo Julián Pérez, y aunque sus padres no le dieran su anuencia, el hijo sí, y consta que siempre se refirió a su madre con expresiones de cariño y respeto.

Murió su abuelo, la abuela se trasladó con Manuel Chalchihuites. El muchacho quería seguir estudiando, eligió el seminario de Durango para estudiar como alumno externo. El 2 de octubre de 1911, al lado de su primo hermano, Heriberto Morales se fue al seminario de Durango.

El país entró en guerra interna, la revolución azotaba la nación. La crisis social que afectó las instituciones educativas de la capital del Estado no exceptuó al Seminario, éste fue clausurado y los alumnos tuvieron que estudiar en un lado y en otro, a veces hasta sin comer. Ante esa situación y las dificultades que podía acarrearle la irregularidad de su nacimiento, Manuel declinó proseguir con los estudios eclesiásticos y regresó a Chalchihuites con su abuela.

En Chalchihuites, Manuel comenzó a trabajar. Fue un trabajador responsable, honrado y tenaz, lo que le logró abrirse camino en vida.

Conoció a la joven María del Consuelo Loera Sifuentes, quien se desempeñaba como maestra de primeras letras, después de una etapa de conocimiento y noviazgo, le propuso matrimonio. La boda se celebró el 1º de septiembre de 1921.  De este matrimonio nacieron: Manuel, Carlos y Alfonso.

Con su familia fue cariñoso, buen esposo y padre; con los demás, amable, atento y respetuoso; estimado por el vecindario. Se daba tiempo para su familia, su trabajo y la Iglesia.

Fue miembro de la Acción Católica de la Juventud Mexicana y presidente de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, asociación que por medios pacíficos trataba de obtener la derogación de las leyes impías.

El 29 de julio de 1926, organizó un mitin en Chalchihuites, al que acudieron 600 vecinos. Manuel, como presidente y primer orador, invitó a los asistentes a sumarse a la causa usando sólo medios pacíficos: “… os exhorto a pertenecer sin temores a la Liga, cuyos medios de obrar en nada atacarían el respeto al Gobierno constituido. “Dios y mi derecho” es nuestro lema. Dicha Liga será pacífica, sin mezcla ninguna de asuntos políticos. Nuestro proyecto, suplicar al Gobierno se digne la derogación de los artículos que oprimen la libertad religiosa. A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo, gritemos: ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac!”.  Cuando terminó de hablar se escucharon vivas a Cristo Rey y a la Virgen del Tepeyac.

El Gobierno interpretó esas manifestaciones como un desafío y se sirvió de ellas como un ardid para reprimir a sangre y fuego los “conatos de rebelión” o los “actos sediciosos en contra del Estado”, siendo ambos delitos del fuero federal y de penalidad máxima. El 12 de agosto, las autoridades locales enviaron un telegrama a la Jefatura de Operaciones Militares de Zacatecas, donde insinuaban el levantamiento armado de la Liga, organizado para el 15 de ese mes.

El 14 de agosto de 1926, llegaron fuerzas militares para sofocar el presunto levantamiento, buscaron al Sr. Cura Batis y lo tomaron preso.  Al conocer la prisión del Sr. Cura, Manuel, en compañía de otros miembros de la Asociación Católica, se movilizó para ir a pedir la libertad de su párroco. Apenas había reunido un grupo de jóvenes para deliberar, cuando la tropa se presentó y el jefe gritó: «¡Manuel Morales!». Manuel dio un paso adelante y con mucho garbo se presentó: «Yo soy. A sus órdenes». Lo insultaron y comenzaron a golpearlo con saña.

Los soldados también se llevaron a David y a Salvador. Al ver la gente lo que habían hecho al P. Batis y a los muchachos, exigieron su libertad. Los soldados, por temor a un amotinamiento, sacaron del pueblo, en dos carros, a los detenidos, diciendo a la gente que los llevaban a Zacatecas para un interrogatorio y los dejarían libres más tarde.

Manuel iba en el carro que trasladaba al Sr. Cura. En el camino se detuvieron los autos, bajaron al P. Batis y a Manuel. El párroco pedía a los soldados que a Manuel le perdonaran la vida en atención a su familia, pero él, lleno de valor y de fe le dijo: «Señor Cura, yo muero, pero Dios no muere. El cuidará de mi esposa y de mis hijos». Luego se irguió y exclamó: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!». Y el testimonio de su fe quedó firmado con su sangre de mártir.

 

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SAN PEDRO DE JESÚS MALDONADO LUCERO, PBRO. MÁRTIRSan Pedro 7

 

Nació en la ciudad de Chihuahua, Chih., el 15 de junio de 1892

Murió el 11 de febrero de 1937, en su ciudad natal.

Descansan sus restos mortales en la catedral de Chihuahua

 

A los 17 años ingresó al Seminario, pero tuvo que dejarlo y regresar a su casa debido a las órdenes del Gobierno de clausurar el Seminario. Estudió clandestinamente y se ordenó en El Paso, Texas, el 25 de enero de 1918.

Desempeñó su ministerio sacerdotal en San Nicolás de Carretas, Cusihuiachi y Jiménez. El 1º de enero de 1924 fue nombrado párroco de Santa Isabel. Se dedicó en especial a la formación catequística de niños; les enseñaba cantos, les ensayaba teatro y escenificaciones, con motivo de las fiestas religiosas. Reorganizó las asociaciones parroquiales y fundó otras nuevas. Impulsó la Adoración Nocturna, la Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento y las Hijas de María. Era apóstol incansable. Estaba siempre dispuesto a ayudar a todos.

La persecución religiosa anticatólica seguida de la lucha de los cristeros llegó también con fuerza a Chihuahua. Allí también se suspendió el culto público; se cerraron las iglesias, los seminarios, los colegios católicos; el gobierno aplicó duramente la legislación anticatólica de Calles y murieron varios sacerdotes y un número elevado de fieles católicos.

En 1929 se llevaron a cabo los “arreglos” entre la Iglesia Católica y el Gobierno, a cargo del presidente Portes Gil. Se pudo tener el culto público, los templos abrieron sus puertas y la Misa pudo ser celebrada.

El P. Maldonado, en el período de 1926 -1929, en que la persecución fue violenta y cruel, permaneció en su parroquia ejerciendo su ministerio fuera del templo, escondido en casas de personas que lo acogieron. Después de los “arreglos”, del año 1929 al 1934 pudo dedicarse con celo a cimentar la fe de sus feligreses.

Pero, en 1934, el padre Maldonado, preso, maltratado y amenazado de muerte por la policía, fue desterrado a El Paso, Texas, pues nuevamente se dio la persecución religiosa en el Estado. Tan pronto como le fue posible, aun temiendo por su vida, regresó a Chihuahua, allí estuvo algunas semanas bastante enfermo de fiebre. Todavía convaleciente viajó a Santa Isabel para estar al lado de sus feligreses.

Aquel Párroco, desde seminarista se había propuesto un objetivo: «He pensado tener mi corazón siempre en el cielo, en el sagrario», y se convirtió en el ideal de su vida y fuente de toda su actividad sacerdotal.

El 10 de febrero de 1937, Miércoles de Ceniza, celebró la Eucaristía, impartió la ceniza y se dedicó a confesar. Como a las tres de la tarde llegó un grupo de hombres armados y borrachos, buscando al padre; la gente avisó al padre para que huyera, lo escondieron en un cuarto abandonado en una huerta.

El Padre Pedro se enteró de que iban a quemar la casa y  a sus habitantes;  sin pensarlo dos veces se entregó a los soldados. Logró recoger la Eucaristía que estaba guardada en el oratorio en una cajita, y se la llevó. Aquellos hombres lo ataron y lo obligaron a caminar descalzo delante de los caballos. Las personas que estaban reunidas en el rancho lo iban siguiendo.

El padre rezaba el rosario en voz alta y los cristianos respondían al rezo, los soldados se mofaban de ellos. Lo llevaron a la presidencia, al piso superior, donde lo golpearon. Un pistoletazo dado en la frente le fracturó el cráneo y le hizo saltar el ojo izquierdo. Tenía la cara golpeada, los dientes quebrados, las manos arañadas, una pierna quebrada. El sacerdote bañado en sangre, cayó casi inconsciente; el relicario se abrió y se cayeron las hostias. Uno de los verdugos las recogió y con cinismo se las dio al sacerdote diciéndole: «Cómete esto». Por manos de su verdugo se cumplió su anhelo de recibir a Jesús Sacramentado antes de morir.

En estado agónico fue trasladado a un hospital público de Chihuahua. Enterado el Sr. Obispo de lo sucedido, envió al padre Espino y al padre Sixto Gutiérrez para fueran a verlo y se enteraran de lo sucedido. También estaban con él algunos de sus familiares.

Eran las cuatro de la mañana del 11 de febrero de 1937, aniversario de su primera misa, cuando consumó su glorioso sacrificio el sacerdote mártir.

 

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SANTO SABÁS REYES SALAZAR, PBRO. MÁRTIR

Santo SabasNació el 5 de diciembre de 1883 en Cocula, Jalisco.

Lo torturaron cruelmente y fue fusilado en el cementerio de Tototlán, Jalisco, el 13 de abril de 1927.

En Parroquia de San José en Tototlán, Jalisco, se encuentran sus restos mortales.

Se ordenó sacerdote el día de Navidad de 1911, por manos del obispo de Tamaulipas, y celebró su Primera Misa el 6 de enero de 1912, en el templo de Nuestra Señora de Belén, en Guadalajara, Ja­lisco.

Le tocó vivir su sacerdocio en varias Parroquias, y, en 1919 pasó a la parroquia de Tototlán.

En 1926 se recrudeció la persecución religiosa. Tototlán era uno de los lugares más significados en la lucha cristera y por ello de los más castigados por la federación.

Como los sacerdotes eran perseguidos a muerte, el padre Reyes tuvo que esconderse. Incluso algunos buenos vecinos le sugerían que mejor se fuera de Tototlán porque si lo agarraban lo iban a matar segu­ramente. Sin embargo el padre Sabás contestaba siempre lo mismo: “Tengan fe. A mí me dejaron de encargado y no sale bien irme. Dios sabrá […]. Me ofrecen ayuda en otras partes, pero me dejaron y aquí esperamos, a ver qué Dios dispone”.

Era el 11 de enero de 1927, cuando llegaron las tropas, mal informadas de que había en Tototlán más de 2,000 cristeros armados contra el Gobierno. Mataron a once vecinos pacíficos, hombres, mujeres y niños. A los pocos días la tropa del general Juan B. Izaguirre le prendió fuego al templo parroquial, pero cuando se fueron los soldados, el padre y los vecinos acudieron a apagarlo.

Cuando los defensores cristeros quisieron responder al ataque quemando la casa municipal, el padre los detuvo, diciéndoles que era propio de los bárbaros destruir los pueblos; que ellos no lo hicieran, con lo cual logró convencerlos y desistieron.

El 11 de abril de 1927, Lunes Santo, volvieron las tropas del Gobierno entrando con gritos y violencia. Era mediodía. El sacerdote quiso esconderse y lo tuvo que hacer de prisa, en casa de la Sra. María Ontiveros. Lo acompañaban el joven José Beltrán y los niños Octavio Cárdenas y Salvador Botello. Pasó el día en oración. Sentía gran tribu­lación, e invitó a los que estaban en la casa a que, de rodillas, oraran con él.

Enseguida llegaron a registrar la casa del Cura, en su busca y detuvieron a todas las personas que allí se encontraban. La sirvienta de la casa, amedrentada, lo delató.

Lo buscaron enseguida en la casa donde se había refugiado. “¿Dónde está el fraile?”, gritaban enfurecidos. En esos momentos apareció el padre Sabás y con toda sere­nidad les dijo: “Aquí estoy, ¿qué se les ofrece?”. Lo amarraron. El padre les interpeló: “Bueno, y ¿yo qué debo? ¿Qué mal hice? ¿Por qué me amarran?”. El capitán contestó: “Con nosotros no se arregla nada, allá el general”. Era el general Juan B. Izaguirre. Lo llevaron a la iglesia parroquial convertida en cárcel y lo amarraron a una columna, negándole hasta un poco de agua. Era el Martes Santo.

Abrasado por la sed, pidió agua y no se la quisieron dar. Cuando finalmente se la ofrecieron, no la podía tragar dado que le habían atado fuertemente el cuello con una soga. Con él habían detenido a un muchacho que le acompañaba, se llamaba José Beltrán. El padre pedía que lo librasen. Luego le animó a vivir aquel momento con fe en Dios. Los soldados continuaban sus insultos y sus burlas. Muchas personas del pueblo fueron a pedir su libertad y todas fueron maltratadas.

José Beltrán, que también estaba atado cerca en otra columna, sintió mucho temor y se lo manifestó al padre, por lo cual él dijo repetidas veces a los soldados: “Dios sabe que nada debo; pero todavía si de mí algo temen, a este muchacho no le hagan nada, porque no tiene ninguna culpa”. Después de un rato le dijo: “No te asustes, José, ten ánimo. Dios bien sabe que no debemos nada; pero si algo nos pasa, ya sabes que allá tendremos nuestra recompensa: rézale al Señor de la Salud, aunque estoy seguro que a ti nada te pasará”. A poco soltaron al joven y quedó con vida.

A la caída de la tarde lo llevaron atado ante el general Juan B. Izaguirre, que lo interrogaba. Varias veces, el soldado de guardia jaló fuertemente la soga que amarraba el cuello del padre y lo hizo caer de espaldas sobre el pavimento; levantado de nuevo el padre, el soldado de guardia les pasaba la soga a otros soldados para que repitieran el ultraje.

Los soldados que se quedaron con el padre le quemaron los pies con gasolina; además hicieron dos lumbradas de olotes junto a él, una frente a la cara y otra junto a los pies, y entre burlas y blasfemias le metían las manos y los pies en las brasas y en el fuego.

Durante la noche se oían hasta el atrio los lamentos fortísimos que el padre, sin renegar ni impacientarse, daba dentro del cuarto, que estaba sin techo.

Los soldados querían que delatase el escondite del párroco y no lo lograron. Lo torturaron toda la noche. El general quiso que lo “asasen” para comer “birria de ese fraile”.

El sacerdote rezaba: “Señor de la Salud, Madre mía de Guadalupe, Ánimas Benditas, ¡dadme algún descanso!”. Le quemaron así pies y manos mientras blasfemaban y se mofaban de él: “Tú que dices que baja Dios a tus manos, que baje ahora a librarte de las mías”.

Ciertamente el sacerdote sufrió literalmente los tormentos de la pasión del Señor, un mar de penas y tormentos en aquel 13 de abril, Miércoles Santo de 1927.

A las nueve de la noche se oyeron descargas de pistolas por el rumbo del panteón, y como los vecinos temían por la vida del padre, rezaron por él. Al poco rato un sol­dado llegó a la casa de asistencia y dijo: “Hombre, me pudo mucho matar a ese cura; ése murió injustamente. Le habíamos dado tres o cuatro balazos y todavía se levantaba y gritaba: ¡Viva Cristo Rey!”.

 

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SAN SALVADOR LARA PUENTE, MÁRTIR, LAICO

Nació en el poblado de Berlín, Dgo., el 13 de agosto de 1905.Salvador 1

El domingo 15 de agosto de 1926 fue fusilado junto a su primo hermano David Roldán, en la puerto de Santa Teresa, Chalchihuites, Zac.

Sus restos se veneran en la iglesia de San Pedro en Chalchihuites.

Salvador y su hermano Crlos perdieron a su padre estando aún niños. Por ese motivo la madre se mudó con ellos a Chalchihuites, allí sus cuñados y demás parientes los apoyarían en la instrucción escolar y formación social. Tenían una casa en el centro del pueblo.

Doña Soledad matriculó a sus hijos en colegio de la Divina Providencia, dirigido por la maestra Constanza Silva. El colegio constaba solamente de un aula y eran poco los alumnos que asistían a clase. Allí se les impartían las primeras letras y los rudimentos de la doctrina cristiana.

Era el año 1918, el 1º de septiembre, a la edad de trece años, Salvador ingresó al Seminario para continuar estudiando, fue alumno externo. Lo básico de la formación eran los estudios humanísticos, para ello aprendían el latín. En 1921, apenas concluido el tercer año de latín, Salvador sufrió un violenta enfermedad: pulmonía. Tuvo que abandonar el Seminario y regresar con su madre.

Una vez en la casa materna, ya recuperada la salud, Salvador se puso a trabajar para ayudar a su madre y solventar sus propios gastos. Tuvo por novia a la señorita Margarita Consuelo, con quien pretendía formalizar una relación sentimental. Sólo que la muerte prematura le impediría formar una familia.

Salvador era alto, de tez blanca y carácter valiente, enérgico y piadoso; educado y fino en el trato con todos, respetuoso y cariñoso con su madre viuda. De ella recibió cuidados y atenciones, pero también la fortaleza para forjar su carácter, pues doña Chole, como le llamaban las personas, era una mujer de carácter estricto y fortaleza inquebrantable. Supo inculcar en sus hijos los valores cristianos, pues ella misma era una mujer de fe y muy piadosa. En familia rezaban diariamente el rosario ante la imagen de la Virgen de la Soledad de María. Perteneció a la Cofradía de la hermandad de los Caballeros de Negro, que cada año, durante la Semana Santa, participan en las celebraciones en honor del Santo Entierro, tradición que hasta la fecha sigue viva. También fue miembro activo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) en 1924, ocupando el cargo de Vocal.

En la Asociación Católica, Salvador participaba con todos los jóvenes, de eventos culturales, tales como representaciones teatrales y literarias, (llegaron a presentar la vida de María Estuardo), organizadas por el Sr. Cura Luis Batiz, alma de aquel grupo juvenil. Tenían también círculos de estudios, en los que recibían formación cristiana, hacían deportes, tenían un club deportivo con salón de boliche, gimnasio, campo de tenis, rebote y basquetbol. También adquirían una formación cultural.

Las sesiones  de la ACJM se llevaban a cabo los sábados por la noche, en un local ubicado en la calle Cinco de Mayo, casi frente al mercado. Entre los socios estaban David Roldán, presidente, nuestro Mártir, fungiendo como vocal; Carlos Lara, Manuel Morales, Ramón Jaime, los hermanos Tomás y Edmundo Pérez y Pérez, Rodolfo Quintanar (director de la banda de música), Aurelio Aldama, el socio más destacado y entusiasta del grupo, y otros más.

Aquellos eran tiempos difíciles. Las leyes persecutorias, contenidas en la Constitución Política del país, eran acatadas, hasta las últimas consecuencias, por no pocas autoridades de los Estados, y algunos pobladores que, congraciando con el gobierno, calumniaban, delataban y entregaban a sacerdotes y líderes católicos.

En la República Mexicana, se había organizado una agrupación llamada Liga Nacional de Defensa Religiosa, que pretendía que todos los grupos de fieles laicos en México se confederaran para formar, donde los hubiera, Grupos Locales. El objetivo era conseguir del Gobierno Federal, la derogación de las leyes anticatólicas, por medios pacíficos.

Los miembros de la ACJM y el Sindicato de Obreros Católicos, en Chalchihuites, se adhieren a la Liga, para ello nombran una mesa directiva, quedando: Presidente, señor Manuel Morales; Secretario, señor David Roldán; Tesorero, señor Carlos Lara; primer vocal, señor Florencio Goytia, segundo vocal, señor J. Natividad Guadarrama. La cumbre de las actividades de ese Grupo Local de la Liga será una concentración celebrada el día 31 de julio de 1926, víspera de la suspensión de los cultos religiosos. Al mitin del 29 de julio asistieron  seiscientos vecinos de la región.

Aquellas reuniones fueron mal interpretadas por las autoridades, o se valieron de ellas para congraciarse con autoridades superiores, el hecho es que, con una calumnia solicitaron la presencia e intervención militar, arguyendo que los católicos estaban tramando levantarse en armas el 15 de agosto. Llegaron los militares, detuvieron al Sr. Cura Luis Batiz, a Manuel Morales, a David Roldán, a Salvador Lara y a otros miembros de la Unión Obrera Católica, que se había reunido para solicitar la libertad del Sr. Cura a quien habían apresado.

Cuando llegaron los soldados para apresarlo, junto con Manuel y David, respondió al ser llamado: «Aquí estoy». Caminó sonriente, como siempre, junto a su compañero y primo David hasta el lugar que les señalaron para ser fusilados.

 

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SAN TRANQUILINO UBIARCO ROBLES, PBRO.

San TranquilinoNació en Zapotlán el Grande, Jal., el 8 de julio de 1899.

Fue ahorcado en un eucalipto, en Tepatitlán, Jal., el 5 de octubre de 1928.

Son venerados sus restos en la Parroquia de San Francisco.

Formó parte de un círculo de estudios vocacional y, aunque no había concluido la instrucción primaria, solicitó ser admitido en el Seminario Auxiliar de Ciudad Guzmán. El rector de este plantel, Pbro. Genovevo Sahagún, lo aceptó. Fue muy querido por sus condiscípulos, por su carácter bondadoso; jamás se le vio iracundo, y siempre alegre”.

El 5 de agosto de 1923, en la Catedral de Guadalajara, recibió la ordenación sacerdotal.

Fue vicario cooperador de Moyahua, Zac, ahí, con gran brío juvenil, inició su ministerio sacerdotal. Llevó a cabo una intensa labor social: promovió, con gran fruto, un círculo de obreros; fundó una escuela dominical para señoritas; una caja de ahorros para señoras, y trabajó infatigablemente para realizar una semana de estudios sociales en mayo de 1925.

Se dedicó con ardiente fervor a la formación cristiana de los niños. El catecismo fue una de sus tareas principales. Fundó la misa dominical para ellos.

Después fue trasladado a la parroquia de Juchipila, donde estuvo menos de un año. En este lugar, no obstante que se desataba ya la persecución religiosa, trabajó sin descanso por organizar la catequesis de niños en los diversos barrios y ranchos de la parroquia.

Después estuvo en la parroquia de Lagos de Moreno, Jal. Ahí fundó un círculo de estudio para señoritas y editó un periódico, llamado “Orión”, para hacer llegar la doctrina cris­tiana a los fieles. Eran los días difíciles ya de la persecución religiosa. Celebraba la Santa Misa en las casas particulares y en los ranchos, y confesaba hasta altas horas de la noche.

Su último destino fue Tepatitlán, Jal. A causa de la concentración, decretada por el Gobierno, en la que ordenaba que todos los pobladores de rancherías y caseríos se agruparan en los pueblos grandes o ciudades, o de lo contrario ponían en riesgo la vida y libertad, llegó mucha gente a Tepatitlán. Esos pobres campesinos llegaron sin nada, sufrían gran escasez y necesidades. El padre Ubiarco, para auxilio de esas pobres gen­tes, estableció un comedor público, donde se proveía de alimentos, en ocasiones, hasta a cien personas.

Uno de los grandes deseos del P. Tranquilino fue que el Señor le concediera el martirio. El 9 de marzo de 1928, dio un retiro espiritual a un grupo de niñas. Ante el Santísimo Sacramento y, antes de empezar la plática del retiro, dijo a las presentes: “Niñas, quiero que en este retiro, la primera gracia que le pidan a Nuestro Señor, que está aquí expuesto, sea que no pase esta persecución sin que yo dé mi vida por Jesucristo”.

El 5 de octubre de 1928, dormiría en casa de la Sra. María de Jesús Estrada, para celebrar el matrimonio de Germán Estrada por la madrugada para no levantar sospechas. Llegó a esa casa y, había pasado apenas como una hora de su llegada, cuando entraron en la casa varios soldados  quienes lo aprehendieron.

En la prisión el sacerdote invitó a los presos a rezar el rosario. Luego los exhortó a que se acercaran a la confesión y algunos lo hicieron, ahí mismo, con él.

Poco después, los soldados sacaron al P. Ubiarco y se dirigieron hacia la calzada de entrada a la población, rodeada de árboles grandes.

Antes de llegar a la calzada el padre preguntó a los soldados quién era el comisionado para darle muerte. Como todos guardaron silencio, les dijo: “Todo está dispuesto por Dios y el que es mandado, no es culpable”. Uno de los soldados dijo, entonces, que él era, pero que no lo haría.

Preguntó luego el prisionero con qué arma le darían muerte, y le enseñaron una soga. El con admirable tranquilidad la bendijo. Lo ahorcaron en la rama de un euca­lipto de la calzada. Era cerca de la media noche. Trozaron la soga con que lo habían ahorcado, y varias horas quedó tendido al pie del árbol. Y junto a él, su hermana Timotea lloraba desconsolada.

El soldado encargado de ejecutar al sacerdote, como había dicho, se negó a cumplir la orden y fue pasado por las armas ese mismo día, 5 de octubre.

La Srta. Elodia Navarro obtuvo autorización para llevar el cuerpo yaciente a una casa y velarlo unas horas. La casa fue insuficiente para dar cabida al tumulto que concurrió.

 

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SANTO TORIBIO ROMO GONZÁLEZ, PBRO.

 

Santo ToribioNació en el rancho de Santa Ana de Guadalupe, Jal., (Jalostotitlán), el 16 de abril de 1900.

El 25 de febrero de 1928, fue acribillado.

Sus restos mortales se encuentran el templo de Santo Toribio, Santa Ana de Guadalupe, Jalostotitlán, Jal.

A los 13 años de edad inició sus estudios en el Seminario Auxiliar de San Juan de los Lagos. Se dedicó con ahínco a sus estudios y a la práctica de las virtudes. Se inscribió en la Acción Católica en la que se distinguió por su dinamismo y su actividad en las obras católico-sociales. Del Seminario de San Juan pasó al Seminario Mayor de Guadalajara. El joven seminarista era muy dedicado a la oración, de comunión diaria y de frecuentes visitas al Santísimo.

El 23 de diciembre de 1922, fue ordenado sacerdote. Cantó su primera misa en Santa Ana, en el templo cuyos cimientos había iniciado él mismo siendo aún seminarista, y que había sido dedicado a la Santísima  Virgen de Guadalupe. Sayula fue su primer destino; después Tuxpan, Yahualica, Cuquío y finalmente Tequila; en todas esas partes fue vicario cooperador,  salvo  en Tequila, donde estuvo con carácter de encargado de la Parroquia.

En las poblaciones donde estuvo, los fieles vieron en él un sacerdote abnegado y apostólico. Un sacerdote que se encariñaba luego con las gentes del lugar y trataba de llevarlas a Cristo. Como encargado de la parroquia en Tequila, por amor a sus fieles, aceptó las más duras pruebas y nunca dejó de atenderlos espiritualmente.

Tequila era uno de los lugares donde las autoridades civiles y militares odiaban más a los sacerdotes. El padre tuvo que establecer como centro de sus actividades una antigua fábrica de tequila, abandonada. Cuando crecía el peligro, porque se acercaban las fuerzas federales, celebraba la Misa y los demás actos internándose en la barranca.

Desde el principio estuvo acompañado de su hermana María; después, su hermano Román, ya sacerdote, llegó para ayudarle. Varias veces los dos hermanos sacerdotes tuvieron que esconderse porque los perse­guidores rondaban cerca.

El 12 de diciembre de 1927, dio la primera comunión a un grupo de 20 niños. Celebró la Misa con fervor extraordinario y, a la hora de impartir la Sagrada Comunión, dialogó con los niños para que reiteraran su fe y su amor a Jesucristo y pidieran por la paz de la Iglesia. Estaba emocionadísimo, teniendo en sus manos temblorosas la sagrada hostia le dijo a Jesús: “¿Aceptarás mí sangre, Señor”? Por un instante no pudo continuar porque las lágrimas se lo impedían y cuando pudo pronunciar palabra repitió la frase: “¿Y aceptarás mi sangre Señor, que te ofrezco por la paz de la Iglesia?”.

El jueves 23 de febrero de 1928, pidió a su hermano Román que se fuera a Guadalajara para que le ayudara en el arreglo de asuntos urgentes relacionados con la administración. A las cuatro de la mañana el P. Román celebró el Santo Sacrificio y el P. Toribio le ayudó. Antes de emprender el viaje, el P. Toribio se arrodilló ante su hermano para que le oyera en confesión, y con un fuerte abrazo lo despi­dió, al mismo tiempo que le decía: “No vuelvas hasta que no sepas algo”, y arrodillándose de nuevo le dijo: “P. Román, dame una bendición grande”. Y le entregó una carta con el encargo de que no la abriera hasta que él se lo indicara.

El viernes 24, después de la Santa Misa y del almuerzo, le dijo a su hermana María: “Voy a estar muy ocupado quiero poner todo al corriente”. Se sentó para arreglar las cuentas de la parroquia y hasta en la tarde se levantó para rezar el rosario y el Oficio Divino. Durante la noche se puso a terminar la documentación de matrimonios y bautismos, hasta la madrugada del sábado.

El sábado 25, a las cuatro de la mañana, despertó a su hermana, que había estado dormitando en una silla, y le dijo: “Tengo mucho sueño, voy a celebrar para luego acostarme”.  Sé dirigieron al oratorio, pero al estar preparando lo necesario para la Misa, dijo: “Mejor dormiré un rato y después podré celebrar mejor”. Volvió a su cuarto, se quitó la sotana y se tumbó sobre la cama de otates, cubriéndose la cara con un brazo. María se sentó en la cama del P. Román y ambos se quedaron profundamente dormidos.

Los soldados lo detuvieron en su escondite esa madrugada. Había sido delatado. Uno de los soldados abrió la habitación donde estaba el P. Toribio, y quitándole el brazo que le cubría la cara, gritó: “Sí. Éste es el Cura, ¡Mátenlo!”. En aquél momento, despertó sorprendido el sacerdote y dijo: “Sí soy, pero no me maten…”. Sin dejarlo terminar la frase, lo acribillaron en medio de insultos; el P. Toribio, con pasos vacilantes, caminó hacia la puerta y una segunda des­carga lo hizo caer. Su hermana corrió hacia él y lo tomó entre sus brazos; con voz fuerte le dijo: “Valor, padre Toribio… ¡Jesús Misericordioso, recíbelo! ¡Viva Cristo Rey!”.

Aquel pequeño poblado de Santa Ana de Guadalupe, Jalisco, se convirtió en un lugar de peregrinación donde centenares de peregrinos se dan cita para pedir su intercesión o agradecerle algún favor recibido. No han sido pocos los inmigrantes que (arriesgando la vida cruzan la frontera a Estados Unidos), han experimentado la protección y el amparo de este Mártir, que misteriosamente y sin explicación humana alguna, ha guiado sus pasos hacia la salvación.

 

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